Metonimias


En esto de tropezar las palabras hay gente que, más que confundirse, utilizar tropos o metonimias retóricas, inventa neologismos de un esplendor poético. Valgan algunas perlas:

Una amiga me relataba la exitosa operación de corazón realizada a su madre en la que le colocaron tres «pays-pays».

La célebre frase de Sofía Mazagatos en la que ponía a la gente famosa en el «candelabro», no sé si en forma de vela o como Don Nicanor, con las patas colgando.

«Pataca minuta» es otra orfebrería del lenguaje que he oído decir a más de uno. ¿Se imaginan una pataca minuta? Piénsenlo, pero fíjense que es pataca, no peccata.

Otra contaba lo feliz que estaba porque que le habían regalado un perrito «petinés». ¿De Petín?

El profesor Siota -compañero de fatigas manicomiales- estuvo un tiempo amohinado porque uno de los pacientes comenzó a llamarle «Sioca», metonimia esta que le hacía verse como un cruce entre él y una miñoca.

Decía otro haberse encontrado entre la «espalda y la pared» -extraño espacio en el que jamás había recabado-, pero que gracias a su sangre fría «no se le movió ni una mueca».

Otra, cuyos proyectos tenían visos de salir adelante, afirmaba con una imagen muy del país que era mejor no echar las «castañas al vuelo».

Aquel que relatando su viaje a Roma decía que lo que más le había impresionado de todo fue la «cópula» de San Pedro.

Hace poco, charlando con una buena amiga, me contaba de una vecina muy productiva en este tipo de figuras retóricas que utilizaba como latiguillo un «ni falta que me importa».

Bárbaro el «ni falta que me importa», viene al pelo para esquivar estos tiempos de vendedores de todo.

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