Ósculos en campaña


En la fanfarria electoral los besos son como la sección de viento. Un ósculo entre las personas correctas y en el momento preciso suena como el cornetín que reclama atención cuando ésta empieza a ser esquiva.

Esta semana ese cornetín fue el beso en los morros de Errejón y Carmena, una impostura electoral que matiza sus papeles anteriores, cuando interpretaban a una abuela pizpireta y a su ejemplar nietecito. Qué travesuelos.

Hubo otros bicos antes. El de Pablo Iglesias a Domenech cuando la nueva política era más nueva y más política; por supuesto el de Brézhnev y Honecker, que conserva intacta la capacidad de sorprender, con esos dos señoros tan señoros empleándose a fondo mientras su mundo empezaba a desmoronarse aunque ellos no lo supieran todavía. Está también el de Gorbachov a Honecker, un pico socialista evolución del anterior que el ruso le plantó al alemán pocos días antes de que el muro de Berlín cayera de inanición.

Suele haber poca inocencia en los besos institucionales y mucho menos amor de lo que la obviedad atribuye al gesto. Michael Corleone sentenció a su hermano con un perturbador ósculo y ya sabemos qué significado cultural le metió Judas Iscariote a la manía esta de andar con las bocas de aquí para allá. Hitchcock planeó el beso mejor coreografiado de la historia, el de Ingrid Bergman y Cary Grant en Encadenados, con el que toreó el código Hays que prohibía que los besos durasen más de cuatro segundos. Este se prolongó durante tres desafiantes minutos, aunque en realidad fuese un pico intermitente en las secuencias temporales que marcaba la censura. Cuántas cosas se pueden decir con la boca ocupada.

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