Este domingo 7.600 personas se presentaron para intentar obtener una de las 830 plazas de enfermería convocadas por el Servicio Galego de Saúde. Plazas a las que optan dos tipos de candidatos. El primero está integrado por los interinos que llevan décadas enlazando contratos mientras se siguen presentando a las oposiciones que aprueban pero en las que no obtienen puntuaciones tan altas como las del segundo tipo de candidatos, los recién graduados, que tienen los conocimientos teóricos muy frescos y no tienen que compatibilizar trabajo y familia con la preparación de las oposiciones. Así se forma un perverso bucle en el que los interinos, obligados a presentarse para ir ascendiendo en las listas de espera, acumulan puntos por años de ejercicio pero difícilmente obtienen notas tan altas como los novatos quienes pinchan en los puntos de experiencia.
Y, entre tanto, ante la escasez de personal, el pasado domingo el personal sanitario de toda Galicia ha tenido que doblar turno para cubrir todos los huecos de los opositores a un coste multiplicado de cualquier fin de semana habitual. Y, ¿por qué? ¿Quién se beneficia de esta precariedad? Desde luego, ni los enfermos, es decir, potencialmente todos nosotros, ni el personal. Pero, sí los políticos que intentan cuadrar los presupuestos reduciendo los emolumentos a los que tienen derecho los trabajadores con plaza fija -vacaciones y bajas por enfermedad pagadas, antigüedad, etcétera-, gastando lo mínimo al contratar in extremis para cubrir huecos imprescindibles y, además obteniendo buenos ingresos con las tasas de matriculación para los exámenes. Puede que los balances resulten positivos en el papel pero en las salas de espera y en las habitaciones de los hospitales que es donde importa, no.
No sé ustedes pero yo no tengo palabras para expresar mi agradecimiento a la enfermera que tanto me apoyó y consoló en los momentos más duros de mi vida y que cuando falleció mi ser más querido me dio uno de los abrazos más sentidos. Creo que todos nos merecemos enfermeras y enfermeros contentos en su trabajo y dedicados a ayudarnos profesional y humanamente cuando más los necesitamos. Y eso vale tanto que no hay dinero que lo pague.