Cuando nos sorprenda el futuro, y en los anales se redacte la crónica del presente, de Sánchez quedarán probablemente las líneas más torcidas de nuestra democracia. Sus primeros diez meses de Gobierno han sido infaustos. Y no por los pésimos resultados económicos, pongo como ejemplo el paro -ese fraternal compañero del socialismo- que desde 2013 no había aumentado tanto; ni por presumir de la creación de 600.000 puestos de trabajo en el 2018 cuando fue el trimestre de Rajoy el que creó casi la totalidad de empleos, y ya no cito su tesis doctoral, sus dos ministros dimitidos o sus otros tres a los que les descubrieron irregularidades fiscales, ni por la carta de un particular que exhibió en un debate como documento de la Junta de Andalucía, ni por los 21 puntos secesionistas en documento secreto, ni por la negociación de los Presupuestos en una cárcel, etcétera. Sus primeros diez meses han sido infaustos porque ha roto la sociedad. Ha puesto a los unos contra los otros como nunca antes se había vivido en democracia. De un lado los buenos, ellos, y del otro el resto. Nos ha roto sin pudor alguno, utilizando incluso a los medios de comunicación públicos para cualquiera de los que defendemos la libertad de expresión: la opinión de todos. Hasta en el día de reflexión fue consentidor de la emisión de un reportaje sobre Franco en Informe Semanal. Ese es Sánchez: el poder a toda costa.
Su plan era perfecto. Sabía que llegar a Moncloa de la mano del secesionismo, vía moción de censura, enfadaría más a la gente conservadora. Sabía que con Franco tenía la batalla ganada. Y sabía que alentar el pavor al pasado era su campaña electoral. Por ello se dedicó a su tarea en cuerpo y alma: el alzamiento de Vox. Vox ya existía antes de Sánchez, pero Sánchez lo hizo grande. Solo tenía un problema, que el monstruo sobrepasase las dimensiones idóneas, dos o dos y medio millones de votos. Esto serviría para dividir a la derecha y, fundamentalmente, alentaría el miedo. El miedo a lo que Vox representa, no el PP. Ahí los populares equivocaron la estrategia. Primero no supieron contar que votar a Vox era hacer presidente a Sánchez (las matemáticas nunca fallan) y segundo resucitaron a Aznar colocando a Cayetana Álvarez de Toledo en el centro de su imagen. Para el Partido Popular de Casado el mundo se acababa en Madrid. Pero España es mucho más. Es, por ejemplo, Galicia: el mejor resultado con el único líder real que tiene ahora del PP. Y el País Vasco y Cataluña, donde han sido borrados. Conclusión: el hundimiento.
Por lo demás, el éxito de Pedro Sánchez, en el fondo, es nimio: 14 escaños menos de los que obtuvo Rajoy en el 2016, tumbado por una moción de censura. Y ya ha gastado su mejor bala, el miedo. Vox, su gran obra, no le va a durar toda la vida.