Sánchez y Rivera desoyen a España

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Con unos resultados electorales que el PP tardará mucho tiempo en digerir, y que pueden tener consecuencias devastadoras para este partido si no endereza el rumbo errático en el que lo ha situado Pablo Casado, toca hacer números. Y, calculadora en mano, hay dos conclusiones. La primera es que los votantes han puesto encima de la mesa un Gobierno que sería el más estable y el más conveniente para España: el que formarían PSOE y Ciudadanos con 180 escaños. Una clara mayoría absoluta sin radicalismos que dejaría fuera del tablero político y sin influencia a la extrema izquierda de Unidas Podemos y a la extrema derecha de Vox; que impediría el sinsentido de que el Gobierno de España dependa de unos independentistas cuyo objetivo es precisamente acabar con la nación española, y que reforzaría además la confianza en nuestro país de la Unión Europea y de los mercados.

 Pero, por desgracia, tanto Sánchez como Rivera van a dar la espalda a lo que han dicho las urnas, cegando esa vía por intereses puramente personales. Sánchez no quiere compartir el poder y prefiere arriesgarse a gobernar en minoría con una fórmula mucho menos estable y que depende del populismo de Podemos. Y Rivera prefiere quedarse en la oposición para tratar de destruir al PP que contribuir a la gobernabilidad y la estabilidad del país, aunque sea a costa de que Sánchez sea investido con una amalgama de micropartidos nacionalistas, regionalistas y mediopensionistas, cada uno pidiendo su pala de millones para su tierra a cambio del voto.

La segunda conclusión, como consecuencia de la primera, es que a Pedro Sánchez le va a costar mucho más trabajo conseguir la investidura que gobernar. La aritmética parlamentaria ha dejado al líder del PSOE a un solo escaño de poder ser investido sin levantar siquiera el teléfono de los independentistas. Suma 175 escaños con esa ensaladilla que forma con Unidas Podemos y nacionalistas vascos, canarios, valencianos y los regionalistas de Revilla en Cantabria, que se unen a la tómbola y recibirán también su pago en especie. Pero, ¡ay!, le falta un voto. Uno a favor para ser investido en primera votación o una abstención para conseguirlo en la segunda. Entre mendigar esa abstención al ex etarra Otegi, al fugitivo Puigdemont o al preso Junqueras, Sánchez optará por este último. Del mal, el menos. Pero ERC no venderá esa abstención precisamente barata, porque sabe que esa es su única bala en toda la legislatura. El precio de ese disputado voto del señor Rufián será, aunque no se haga público, el compromiso de indulto a los líderes del procés en caso de condena.

Pero, una vez lograda la investidura, Sánchez podrá gobernar a placer, e incluso hacerlo en solitario si así lo desea, aplicando la geometría variable. Al PP le espera un largo invierno. Pero, peor aún, corre el riesgo de autodestruirse si después de las autonómicas y municipales de mayo Casado se resiste a dar un paso atrás. Solo hay dos opciones sensatas para ese relevo. O Ana Pastor, o Feijoo, o una combinación de ambos.