Tú dices blanco, yo digo negro


Rivera, como siempre, un pelín acelerado, el más agresivo. Un pit bull. Buena la frase preparada de los doscientos mil eurazos para el amigo de Sánchez en Correos cuando no sabe ni pegar un sello. O lo de baje del Falcon, aterrice. Sánchez, nervioso, cada vez más incómodo y desencajado, como si el debate en efecto le sobrase. Aún le queda otro, una bala de plata, para reponerse. Iglesias, casi zen. En plan colega profesor. Repartiendo lecciones, con el librito de la Constitución en la mano (la misma que se quiere saltar para que haya un referendo ilegal en Cataluña). Iglesias iba tan a su rollo que daba la sensación de que estaba en otro plató. Y Casado muy entrenado. Es fundamental creer en lo que se dice, y el candidato del PP parece que apuesta por la posibilidad de una remontada muy difícil tras la palanca del debate. Sánchez salió a no perder. Y esa estrategia es nefasta. Aunque solo haya sido el partido de ida. Ejerció de Simeone, de Irureta o de Mourinho, amarrando como pudo esos votos que le prometen las encuestas. Se le notaron demasiado las costuras de Reina Madre con las que gobernó durante meses, tras prometer unas elecciones inmediatas. Ese buenismo forzado. La justicia social. La solidaridad ecológica. El placebo de la diversidad. Bla, bla, bla. Lo peor del tute de los cuatro naipes es que, salvo roces, cada uno habló para el cuello de su camisa y para los suyos. España está rota. Toca paciencia y barajar. Como pasa con la vida misma. Estos cuatro monologuistas del club de la comedia son insufribles, con sus fotos y sus gráficos, qué cuatro cuñados. O alguno de los cuñados afina o elegir entre ellos es como pedir crucifixión en la película de los Monty Python. O mejoran o la opción de aquí al domingo es cianuro o arsénico por compasión.

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