El debate y el mito de la elección racional


La teoría que sostiene la conveniencia de celebrar debates electorales vendría a ser, resumidamente, la siguiente: el debate es el momento en que los candidatos contraponen sus ideas sobre los diferentes temas en los que se centra la campaña, de modo que los electores, a la vista de lo expuesto, puedan votar al partido cuyas propuestas se ajustan mejor a su ideología y preferencias.

 Ocurre, claro, que, en este, como en tantos otros temas, la teoría va por un lado y la realidad por otro. Porque la realidad es que los debates electorales son sobre todo un espectáculo televisivo, donde apenas se discute racionalmente sobre nada (entre otras cosas porque nunca hay tiempo para ello) y donde los golpes de efecto y las ocurrencias ingeniosas, las trampas y las tretas, dominan sobre cualquier cambio de pareceres serio y riguroso. Los participantes no ofrecen, por lo demás, un debate racional porque saben que tampoco la inmensa mayoría de los electores votan en función de lo que ven y escuchan en un debate de hora y media sino de lo que ya saben de antemano, lo que resulta, por cierto, mucho más lógico y normal. También, claro, en función de sus filias y sus fobias, uno de los grande motores del voto en democracia.

Esa es la razón por la que quienes no esperamos gran cosa de los debates electorales solemos sentir poca frustración cuando, tras haberlos visto, confirmamos lo que enseña la experiencia: que sirven sobre todo para aumentar la audiencia de la televisión que los emite.

Probablemente la de ayer de TVE 1 fue sobresaliente. Pero el interés del debate no logró llegar al aprobado. Monólogos sucesivos, intervenciones a velocidad cotorril para embutir promesas y promesas en tiempo medido por segundos, datos que debieran ser objetivos pero que en boca de unos son verdad y mentira en boca de los otros, zascas a discreción que no sirven para otra cosa que para dar pan y circo al respetable.

¿Hemos salido del debate de ayer sabiendo algo que no supiéramos anteayer? Rotundamente no. Como era de esperar, no hemos avanzado nada sobre los asuntos sustanciales de nuestra política o nuestra economía, ni siquiera sobre el tema que más inestabilidad viene provocando en los últimos años en España: el gravísimo desafío territorial que se vive en Cataluña. Aunque, eso sí, aguantar el tedioso debate quizás mereció la pena por contemplar el fabuloso espectáculo de un presidente que ha llegado a serlo gracias a los votos de los separatistas y que en ellos confía para seguir en la Moncloa ofreciéndose como el único garante de la unidad territorial. Gracias a la frustrada marrullería del propio Pedro Sánchez, hoy más.

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