Los otros Notre Dame


La aguja de Notre Dame de París sucumbió al fuego y las mangueras una tarde aciaga del mes de abril. Esto ya lo sabe todo el mundo, pero, mientras las llamas se extendían, un amigo confesó que echaba de menos París. Lo cierto es que él nunca había estado en París, aunque era capaz de perfilar su callejero con la minuciosidad de un oriundo. A veces las catedrales tienen que arder para que te percates de que existen. Llevan nueve siglos en pie, pero justo decides conocerlas cuando no se puede. Pasa igual con algunos novios a los que es más fácil echar de menos que soportar. A Notre Dame ya la echa de menos mi amigo y por lo visto muchísimas otras personas que solo reaccionan cuando les indica la televisión o salta una alerta en Instagram. Son tantas las personas, que ya se calcula que el incendio ha sido la mejor campaña de márketing que se podía inventar una Francia en horas bajas.

Mientras los ingleses negocian el convenio regulador de un divorcio en el que como siempre sufrirán los niños, Francia conmueve con un símbolo herido que, como todas las agonías, ha conseguido mantener a la familia unida durante unas horas, aunque todo desprenda el aroma del oportunismo premortem. La promoción en sí es un poco extrema, pero es difícil en estos tiempos competir en un universo de impactos. Durante un rato, Notre Dame consiguió ser trending topic y hasta hubo quien se enteró por vez primera de que el templo tenía una aguja. En Galicia nos pasó con el Códice Calixtino. La gente se horrorizó por la pérdida de una joya cuya existencia desconocían hasta que la robó el electricista de la catedral. Puro periodismo, como dejó dicho Chesterton, un oficio que consiste en decirle que han robado el Códice a quien no sabía que el Códice existía. O que arde Notre Dame a quien pensaba que Notre Dame era un dibujo animado. Lo mejor es que, mientras algunos se persignan ante una pérdida irreparable para la humanidad, al lado de sus casas desaparecen cada día monumentos grandiosos por los que nadie verterá una lágrima. A veces sufrimos más por la memoria ajena que por la propia. Hay duelos más fotogénicos que otros y conmoverse estos días por Notre Dame suma followers. Hasta he leído a un devastado David Bisbal, artista insigne sin cuyos mensajes estaríamos huérfanos, que a esta hora reflexiona, perspicaz él: «¡Es muy doloroso ver estas imágenes! ¡Además coincidiendo con Semana Santa! ¿Qué habrá pasado realmente?». Eso, David, qué habrá pasado, por dios.

Pero seamos prácticos. Con toda esta sensibilidad tan millenial a flor de piel puede que alguien repare al fin en ese pequeño templo románico que todavía no ha ardido o en un vestigio industrial para el que nadie mira a pesar de lo que significó. A estas horas están ardiendo muchos Notre Dame y el mundo permanece indiferente.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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