Al tigre no se le caen las rayas


Aunque no soy un entusiasta del golf, sí que lo soy del deporte como expresión de la capacidad de superación del ser humano y por eso, el retorno triunfal de Tiger Woods me parece algo épico. Pero además, la capacidad de Woods para superar sus continuas lesiones y su calvario tras la adicción a los analgésicos y a los opiáceos es algo para comentar, porque demuestra que, muchas veces, la presión por lograr objetivos a corto plazo no es más que un inconveniente para conseguir un resultado final satisfactorio, y que lograr una relación estable entre los médicos y sus pacientes -sean famosos o no- es clave para lograrlo. En esto, como en muchas cosas, las prisas no son buenas consejeras, y a veces el mejor tratamiento no es el que permite a un deportista incorporarse más rápidamente, si no el que lo hace con mayor seguridad y menos secuelas y riesgo de recaídas. La lista de lesiones y cirugías de Woods es escalofriante: desde la primera artroscopia de su rodilla izquierda en 1994 -esta ha necesitado otras 4 intervenciones- hasta que en junio del 2008 se realizó la reparación del ligamento cruzado anterior de dicha rodilla (que se podría haber hecho antes, pero las exigencias del calendario la pospusieron varios años, causando un deterioro irreparable al cartílago y los meniscos); después, la desgracia se cruzó en su camino en forma de rotura del tendón de Aquiles derecho mientras corría durante la fase de recuperación de la cirugía del ligamento cruzado y, a partir del 2010, la zona lumbar empezó a causarle problemas cada vez más serios, hasta que cayó de rodillas tras realizar un swing en el Barclays Open del 2013.

Muy probablemente, la culpa de sus problemas de columna tuvieron su origen en los cambios en la biomecánica de su swing (tremendamente rápido y, según algunos, incluso «violento») y la alteración en la transmisión de fuerzas que su cuerpo soportó al no poder ejercer el gesto natural en él debido a las lesiones de su rodilla izquierda, en lo que se llama un «efecto cascada» o de cadena. Y, desde entonces, la búsqueda de la cura que lograse aliviar sus dolencias: dos cirugías discales, una rizólisis para reducir la sensibilidad de las pequeñas articulaciones de la columna sobrecargadas por la ausencia de disco y, por último, una artrodesis o fijación de la última vértebra lumbar y la primera vértebra sacra. Aunque esta es una cirugía con muy mala fama, lo cierto es que ha sido, junto con su decisión de dejar de automedicarse y mezclar tratamientos de distintos médicos en busca de un remedio mágico que aliviase el dolor, la que finalmente le ha permitido retornar a los campos de golf.

Su inteligencia para ajustar sus técnicas de juego a lo que permite ahora su cuerpo y el trabajo en la oscuridad de todo el equipo, amigos y familia que le han apoyado han ido permitiendo que lo que parecía imposible, que un nuevo juguete roto del circuito deportivo profesional se levantase, haya ocurrido. A este tigre no se le han caído las rayas. Algo más avejentado, más rellenito, con menos pelo y con alguna cicatriz más, pero Tiger Woods ha hecho grande de nuevo al deporte. Si ya el hecho de que volviera a los campos fue una gesta, el que fuese capaz de apretar los dientes y contener los nervios y la emoción que sin duda le acompañaron en los últimos hoyos -¡10 años después de su última victoria!- para dejar claro al mundo que ha podido estar hundido, adicto, literalmente abotargado, pero que se ha levantado, orgulloso, me parece casi sobrehumano. O, tal vez, maravillosamente humano.

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