¿Va Europa a la deriva?


Los diagnósticos sobre Europa oscilan desde las posiciones euroescépticas hasta las concepciones más utópicas. En política, hasta hace poco tiempo, no se trabajaba con los extremos; es decir, no era admisible pasar de sueños a pesadillas, salvo que quisiéramos utilizar chivos expiatorios o basarnos en nociones extremistas para así justificar actuaciones y actitudes reivindicativas. Los recientes ejemplos de Orbán (queriendo suprimir la concepción europea) o los conservadores británicos (deseando salirse de Europa para demostrar su singularidad) son buenos ejemplos de ello. Lo significativo del momento actual es que muchos políticos ponen en entredicho a Europa para, de esta forma, evitar asumir responsabilidades.

O sea, la nueva generación de políticos y de líderes escapa de afrontar decisiones, de poner en marcha soluciones, y de atajar los problemas inmediatos. De ahí la continua insistencia en reclamar estadistas que tengan visión de futuro, coma la poseía la promoción de Jacques Delors, o la tuvieron en sus orígenes la generación de los fundadores (Schuman, Monnet, Spaak, de Gasperi y nuestro Salvador de Madariaga). Se constata, pues, un olvido de la historia y se alimentan períodos de confusión. Al mismo tiempo, se defienden sistemas autocráticos que van contra la mayor participación ciudadana, de un sistema de transparencia, y de la obligatoria y necesaria rendición de cuentas.

Unas declaraciones de Emma Bonino, ex comisaria europea, con la que tuve el gusto de trabajar, admitía que «Europa es un barco que hace agua». Planteaba, entonces, una disyuntiva, como si hubiera dos soluciones: hay que hundirlo (y construir otro) o, a pesar de las dificultades de reparación del navío, aceptar el desafío de continuar. Argumentaba, al igual que Delors, que es preciso admitir errores, pero también saber corregirlos. Esto es, seguir dando pasos adelante en la mejora del funcionamiento europeo, modificando todo lo que sea necesario actualizar y corregir. En suma, impulsando el proceso de integración en contra de los que desean parar, interrumpir y destrozar lo hecho hasta el momento.

Mis consideraciones personales se adentran entre varios planos de reflexión. La actualidad se mueve, desgraciadamente, entre disgregación y cohesión; entre una Europa abierta y otra cerrada; entre democracia y ultra-nacionalismo; entre acuerdos o tensiones. Unos, en vez de reforzar la democracia buscan la ruptura total; en una apuesta por los extremos, tratando de polarizar el panorama. Asimismo, otros se encargan de minusvalorar el rol esencial de la democracia, definido por su capacidad para proteger a las minorías, pero actuando a favor de la mayoría.

Faltan compromisos puesto que, en algunos casos, se acude a la «nostalgia reaccionaria» para nutrir los egos personales. Las amenazas están en la disgregación causada por los populistas, ultranacionalistas y autócratas. Y los demócratas debemos evitar dicho tsunami. Por eso, las campañas para evitar que los Parlamentos se conviertan en estadios de fútbol, donde predomina la libertad de gritar, y en donde se presencia una absoluta intolerancia hacia la opinión del otro, tendrían que estar respaldadas por un mayor impulso de la educación institucional. El mundo es complejo; por tanto, no debemos limitarlo a 140 caracteres de un tuit. Debemos defender los derechos y alentar a ir más allá. Se puede cambiar; y si se puede, se debe intentar. Por eso, sigue resultando válida la frase de la Bonino cuando al presentarse al Parlamento Europeo decía «queredme menos y votadme más» Quizás eso sea lo que demanden los que deseen más Europa.

Por Fernando González Laxe Expresidente de la Xunta de Galicia

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