España, de lleno en el pantano


En el lenguaje bélico se denominan campañas pantanosas aquellas en las que uno de los combatientes acude al frente con escasas posibilidades de victoria, en gran medida como consecuencia de una deficiente fijación de sus objetivos militares y de una errática o inexistente alternativa de salida para el caso de que las cosas vayan mal. El ejemplo citado con más frecuencia es el de la sucia guerra de Vietnam, en la que los norteamericanos se fueron metiendo poco a poco sin más plan que aguantar hasta que hubiera un plan mejor.

La campaña electoral que comenzó a las cero horas de este viernes guarda con esas campañas militares similitudes evidentes, aunque con la gran diferencia de que será pantanosa no solo para una, sino para varias de las fuerzas contendientes: no se vislumbra que nadie vaya a ganar con claridad, pues hacerlo en los sistemas parlamentarios significa obtener una victoria que permita gobernar establemente, solo o en coalición; ningún partido ha definido bien sus objetivos de campaña sabiendo que esta será un batiburrillo de todos contra todos; y los candidatos que aspiran a ganar no tienen ni idea de qué harán si los resultados no se ajustan a sus expectativas.

Este despiste general, ya perceptible durante una precampaña cuyos discursos políticos han sido de una banalidad e inconsistencia pavorosa, no puede achacarse, sin embargo, solo a los partidos, dirigidos hoy por unas élites manifiestamente mejorables, sino también, y sobre todo, a un radical cambio de comportamiento de los votantes, una parte muy importante de los cuales, más aún que en el 2015 y el 2016, parecen decididos a elegir sin tener en cuenta para nada el factor de la gobernabilidad.

De hecho, la posibilidad de que sean cinco al menos los partidos nacionales con una significativa, aunque muy distinta, representación parlamentaria (PSOE, PP, Ciudadanos, Podemos y Vox) no se debe a que en el pasado no existiera una gran pluralidad de las ofertas: en la derecha estaban los partidos regionalistas, Falange Española o las candidaturas personalistas de Ruiz Mateos, Gil y Gil o Mario Conde; en el centro UPyD y antes, el CDS y aquella llamada operación Roca, que fracasó de forma estrepitosa; en la izquierda, IU y otros partidos aun más radicales que jamás obtuvieron representación parlamentaria. El nuevo escenario no nace tampoco de un cambio del sistema electoral, que es exactamente el mismo que el vigente desde la recuperación del sistema democrático.

No, ni han cambiado la pluralidad de ofertas ni las reglas de juego, sino, como en el resto de Europa, y por motivos similares, la forma en que los ciudadanos se enfrentan al hecho electoral. Por eso, la campaña que hoy comienza resultará claramente pantanosa. Y por eso -me temo- su resultado nos conducirá, otra vez, a un país políticamente empantanado. Una desgracia, aunque muchos crean todavía que el lío será una bendición.

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