El precio de impedir el divorcio


La UE y Gran Bretaña ya no negocian sobre su relación futura, ni siquiera sobre el período transitorio hasta que se acuerde esa relación definitiva. Ahora ya solo se habla sobre cómo prorrogar la toma de decisiones. Es decir: se decide cuánto tiempo hay para decidir. Hasta ese punto se han enredado las cosas. Pero se entiende por qué. Los plazos son ahora la clave porque de ellos depende el tipo de brexit que haya al final, o que no haya brexit. May quiere un plazo corto, porque si pide uno largo los euroescépticos de verdad en su partido creerán que lo que se busca es dilatar la salida de la UE para cancelarla más adelante (y no les falta razón). La UE, en cambio, prefiere un plazo largo, en parte porque no quiere que Gran Bretaña participe en las elecciones europeas de mayo y luego se vaya (lo cual es lógico), pero también en parte porque tiene la esperanza de que, con un plazo largo, pudiera no haber brexit al final.

¿Qué ocurrirá? Seguramente, la fórmula de compromiso será una «prórroga flexible»: larga, pero con la opción a salir antes. El peligro aquí está en que no habrá una decisión al respecto hasta el miércoles próximo y, si algún país de la UE veta la prórroga (basta solo uno), Gran Bretaña saldría de la UE en 48 horas a las bravas, que es justamente lo que todo el mundo intenta evitar. O al menos es lo que intentan evitar la mayoría de los políticos y empresarios. Si una cosa nos ha enseñado el proceso del brexit es que, cuando se trata de un asunto tan importante, lo que piense el votante importa poco, pero, para quien tenga curiosidad, una ligera mayoría de los británicos (44 % frente a 42 %) prefieren salir sin acuerdo si la UE no acepta una prórroga, y acabar así con esta incertidumbre de una vez.

Son, sin embargo, los intentos de cancelar el brexit los que ya están muy avanzados y es posible que acaben teniendo éxito. De las consecuencias que eso podría tener recibíamos ayer un primer aviso, cuando se conocían los resultados de una elección el día anterior para cubrir la vacante de un diputado en el distrito de Newport West. Los conservadores han caído más de un 8 %, y los laboristas más de un 12 %. Es decir, un espectacular derrumbe de más del 20 % para los dos principales partidos. El principal beneficiario, como resulta fácil suponer, es el euroescéptico UKIP, que ya no es ni siquiera aquel partido que diría Nigel Farage, nacionalista pero liberal y democrático. Desde la marcha de Farage, UKIP ha girado peligrosamente hacia la extrema derecha. Un segundo aviso era un simple tuit publicado, también ayer, por uno de los líderes euroescépticos tories, Jacob Rees-Mogg, en el que advertía que, de permanecer en la Unión, Gran Bretaña se dedicará a sabotear el proyecto europeo desde dentro tanto como pueda. Del precio del divorcio se ha hablado mucho, y a veces con argumentos sensatos. Quizá debería dedicarse también una reflexión al precio que pueden acabar pagando Gran Bretaña y la UE por impedir esa salida.

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