La calle


La noticia del señor que, antes de marcharse a vivir a una residencia con su mujer, se despidió de todos los vecinos, pese a que se desplaza con un andador, y la reacción conmovida de esos vecinos me recordaron mi crianza y mi barrio, la cercanía con los de la calle, por lo menos con los de la parte alta: la de las casas que iban desde Santo Tomás hasta la calle de la Luna. Eran tiempos con pocos más coches que el de Florentino, viajante, que aparcaba de modo que pudiéramos jugar a fútbol de bordillos, y dejaba la mercancía en los asientos traseros del Dauphine Gordini sin miedo a que se la robaran. Eran tiempos en los que las mujeres se hablaban por las ventanas del patio interior, y por las que daban a la calle vigilaban nuestros juegos o nos llamaban para la merienda o para que nos recogiéramos, pero siempre pedíamos una prórroga, hasta que las desesperábamos y tenían que bajar a buscarnos. Porque resultaba muy difícil abandonar un buen partido de bordillos, un escondite, una partida de chapas o de bolas, una refriega de peonzas, en fin… éramos niños antiguos, como diría Xaquín Marín, sin más tabletas que las de chocolate, y a veces nos divertíamos contándonos cosas, intercambiando tebeos o incluso, rarezas de aquel mundo heteropatriarcal, jugando con las niñas. Ellas no probaban el fútbol, como ahora, pero nosotros sí saltábamos a la cuerda a veces, o caíamos en el enredo complicado de las gomas, en los difíciles equilibrios de la mariola, perdíamos al brilé o al pañuelo o, si éramos pocos, pintábamos un tres en raya en la acera.

No dábamos discursos ecologistas. Pero si no acabábamos el bocadillo, jamás tirábamos las sobras. Pegar a una niña era de cobardes.

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