Mil perdones


Hace años, un concejal del Ayuntamiento de Mijas se opuso con vehemencia a que una calle del pueblo recibiera el nombre de Avenida del Descubrimiento. Cargó contra la grandeza, el españolismo excluyente, la megalomanía y la limpieza étnica que implícitamente se ensalzaban en aquel bautizo. Las reflexiones del edil no sorprendieron a la parroquia. Lo que sí que descolocó a la corporación fue la alternativa propuesta por el representante público: calle Villa Romana. No toca repasar el legado de los romanos como ya hicieron los Monty Python en La vida de Brian. Pero las legiones tampoco fueron repartiendo claveles por el mundo. Como tampoco lo hacían los aztecas, con su propio imperio y, por lo tanto, sus atrocidades específicas. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Para ejercitar el perdón con justicia habría que ensanchar hasta el infinito la dimensión espacio-temporal, llevarla mucho más allá de los españoles y su desembarco en América. Todos los países han tenido manchas en la camisa, cadáveres en el armario, muros de la vergüenza y sangre en las manos. Hay episodios para olvidar que quedan mucho más cerca que el siglo XV. Sus firmas son variadas. Los franceses con las guerras napoleónicas. Los japoneses con Nankín y otras matanzas. Los estadounidenses con gran parte de su política exterior y sus vergüenzas interiores de masacres indígenes, esclavitud y discriminación racial. Los belgas con el Congo. Los descendientes de los holandeses con su apartheid en Sudáfrica, vigente hasta hace nada... En esta dinámica, por cierto, los alemanes tendrían que dar explicaciones eternamente, porque lo suyo fue para nota. Habría que disculparse desde el principio hasta el fin de los tiempos. Mil perdones. De todos. Para todos.

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