¿Qué tenemos, enredos o problemas?


El desgarro actual de la democracia española, que destrozó el modelo de partidos y convirtió el Parlamento en un patio de vecindad mal avenido, tuvo su origen en una severa manipulación de la indignación popular, que, contextualizada en la crisis y en sus inevitables sacrificios, dio como resultado que la gente, en vez de entender el problema y asumir un papel activo en su solución, optó por fabricar un chivo expiatorio para cargar sobre él la rabia acumulada, y para librar de toda responsabilidad a una ciudadanía que pasó a ser descrita más o menos así: «Los españoles, que somos excelentes ciudadanos, pagamos los impuestos y hacemos un uso informado y racional de los servicios públicos, hemos sido depredados por una clase política caída del cielo, que nos sumió en la pobreza y la indignidad».

El origen de los males era visible en una triple dimensión: el Gobierno, que disfrutaba quitándole el pan a la gente para dárselo a los banqueros; el bipartidismo, que fue colaborador necesario para la corrupción de la política; y la transición, que hecha por y para el bipartidismo, nos privó de una democracia popular que, haciendo mangas y capirotes del sistema económico y de la financiación del Estado, optase por comprar en un mercadillo la felicidad general, sin obsesionarse con la deuda, el déficit, la fiscalidad y otras zarandajas.

Pero lo más reprobable de la situación fue que, para que esta manipulación surtiese efecto, fue necesaria una literatura social-populista que convirtió España -uno de los estados del bienestar más avanzados del mundo- en ‘un país de mierda’, que batía todos los récords de pobreza, desigualdad y gente desahuciada, y que, para pagar sus corrupciones y latrocinios, había laminado la educación y la sanidad públicas. Por eso es tan indignante que, desde que las elecciones de 2015 acabaron con ‘lo de antes’, y pusieron a España en la senda de la ingobernabilidad, el debate sobre la agenda social ha desaparecido de las Cortes y las contiendas electorales, para quedar reducido a un deslavazado catálogo del populismo gobernante. Nadie volvió a hablar de los niños que iban al colegio sin desayuno; de los pobres que sólo hacían una comida al día; de los injustos y masivos desahucios; de los millones de personas que dormían en los cajeros; de los miles de doctores por Harvard y Cambridge que viven a expensas de una abuela con pensión de la agraria; de la privatización de la sanidad y la educación; y de todas las libertades que Fernández Díaz tiró en los sumideros de la mayoría absoluta.

De esta forma, tras sustituir el bipartidismo por la confrontación de bloques, y la pobreza y la desigualdad por fichajes y renovaciones alucinantes, las elecciones del 28-A se han convertido en un teatro de vanidades, de comadreos y de gilipolleces banales y en todo prescindibles, sin que nadie hable ya de la regeneración del sistema ni del hambre negra que estuvieron en la base de esta descorazonadora jaula de grillos en la que hemos venido a parar.

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