Gafes


Según Covarrubias, la palabra gafe tiene su origen en el término árabe gafo, que hace referencia a aquel que sufría el mal de la «gafedad», la lepra. Hoy entendemos por gafe algo más parecido a un cenizo o una tramontana de energía negativa. No existe evidencia científica alguna que demuestre su existencia, pero pocos dirán que no conocen alguno. Creo que todos disponemos de un listado particular de gafes que vamos recopilando a lo largo de la vida.

El gafe es la versión inocente del mal de ojo; este, el meigallo, es una cosa más seria porque implica la voluntad de hacer daño. El gafe es otra cosa, se trata de gente que sin saberlo ni quererlo van repartiendo malas vibraciones por doquiera que van, sin que el mal fario les afecte nunca a ellos. En ese aspecto tienen algo de tierno, pero conviene no arrimarse mucho.

Personalmente he conocido grandes gafes. Alguno de ellos fue el factor común de varios óbitos accidentales, sin que jamás se planteara la posibilidad de que tan funesta suerte tuviera algo que ver con él, incluso se lamentaba «¡Aquí debe de haber un gafe!», ante la mirada espantada del resto de los camaradas que jamás nos atrevimos a decirle: «¡Eres tú, mamón!»

En todos los ámbitos de la vida hay historias de gafes célebres, aunque da la impresión de que hoy los gafes están de capa caída, pero no se fíen. El gafe está más disimulado, pero su capacidad de emitir energía negativa no merma con el anonimato, sólo disminuye, en las relaciones virtuales, que hoy mayoritarias.

A pesar de todo, hay que estar atentos a esa extraña sensación que provoca alguna gente cuando interactúas con ella, a esa especie de desacougo que no sabes a que viene pero que incomoda.

Lagarto, lagarto.

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