Una de las cosas que más me sorprendió cuando llegué a Galicia fue cenando con unos amigos y pasados los postres, saboreando ya un gin-tonic canónico, mi amiga se levantó toda digna y lanzó un: «Me voy a echar el polvo». Quedé helado.

Casi cuarenta años después me sigue sobresaltando, me parece una traslocación del concepto «echar un polvo» que cuesta mucho traducir. ¿De dónde viene esta expresión tan polisémica de «echar un polvo»?

El rapé es polvo de tabaco tostado y aromatizado originario del Amazonas, donde su uso es ancestral; una raya de rapé esnifada produce el mismo efecto que si te tomas seis cafés a cañón. Se lo debemos a Felipe II, que fue quien ordenó traer las semillas de tabaco de América y plantarlas en Toledo; desde el siglo XV a nuestros días -con un pico significativo en la aristocracia del siglo XIX- el rapé ha estado presente en nuestras vidas. La gente elegante desplegaba unas asombrosas cajitas de plata donde llevaban rapé del bueno y - como siempre ocurre en estos casos- tenían que excusar su envidiado y elegante vicio con un: «Ustedes disculpen, voy a echarme un polvo».

De aquellos polvos vinieron otros de luna cómplice y nicotina que grabaron en nuestro consciente colectivo lo más intenso de la expresión, y el rapé dejó de ser el significante aventajado del polvo.

Todo muy complicado, de ahí que vuelva a rendir admiración al idioma gallego que es el que en todo este lío mantiene la precisión y va al origen, el polvo es el polvo -«conjunto de partículas diminutas que flotan en el aire y se depositan sobre los objetos formando una capa de suciedad»- y lo demás interpretaciones.

E logo xa veremos.

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Echar un polvo