Ciudadanos empezó definiéndose como socialdemócrata, hace dos años mutó en liberal progresista, ahora está en el Gobierno andaluz gracias a los votos de la ultraderecha y pone un cordón sanitario al PSOE, con el que dice que no pactará en ningún caso, mientras está dispuesto a hacerlo con Vox. Bien es cierto que esto no es una novedad, pues Albert Rivera ya llegó a un acuerdo con el grupo de extrema derecha Libertas para ir juntos a las elecciones europeas del 2009. El líder de la formación naranja ha escogido bloque, el de derechas, renunciando a que Ciudadanos sea ese partido centrista, moderno y liberal que podía llegar a acuerdos a derecha e izquierda. Los analistas señalan que excluir a los socialistas antes de las elecciones es un error estratégico de bulto. Pero quizá signifique que Rivera ya ha encontrado su lugar natural después de tantos tumbos. The Economist, el prestigioso semanario británico considerado como la biblia del liberalismo, ha dado un varapalo a Rivera al asegurar que «su sectarismo puede prolongar la parálisis política en España». Y le ha llamado a la reflexión: «Si realmente piensa que el señor Sánchez supone una mayor amenaza para la democracia española que Vox, debería repensarlo». Hay que insistir en que pactar con la ultraderecha es tabú en países como Francia, Alemania, Holanda o Suecia. Aquí el supuesto centro se manifiesta y se hace fotos con Vox en la plaza de Colón. Rivera dice que él no habla de Franco o del aborto, como lo hacen el PSOE o el PP. Tiene razón. De hecho, ha reducido su programa a dos temas: echar de la vida pública a Sánchez y prometer un 155 indefinido, que no entra dentro de la Constitución.

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Los tumbos de Rivera