Heridas que compartimos


En alguna parte, Alfonso Cuarón, escritor y director de Roma, ganadora de tres Óscars, cuenta que, aunque la memoria es bastante mentirosa, basta enfocar en un detalle para que empiece a manifestarse, y que su intención era compartir alguna de las heridas de su infancia. Uno de estos detalles (la película tiene tantos temas como espectadores) es el del amor incondicional de las trabajadoras del hogar hacia los niños que cuidan. Porque además de ocuparse de la ropa, de comprar, de cocinar, de la limpieza de la casa, etc., son capaces de entregar un amor y un afecto que no tiene parangón, supliendo incluso roles maternos o paternos. Esto fue, creo, una de los aspectos que más me emocionó de la película, tal vez porque en España este tema haya sido (primero con las mujeres que venían del pueblo a la ciudad a trabajar como empleadas del hogar) y sigue siendo (ahora con trabajadoras, en su mayoría de países latinoamericanos) en gran medida así.

A pesar de todas las dificultades que atraviesa la protagonista, Cleo, sigue profesando un cariño a los niños que está por encima de todo lo demás. Pero es un amor, en palabras de Cuarón, que «no trasciende las jerarquías, es decir, que es muy conveniente de un lado pero no tanto de otro, por lo que conlleva una suerte de abuso». Hay una escena en la película en la que se ve esto perfectamente: la familia está sentada en torno a la televisión. En un momento dado, Cleo también se sienta con ellos, y parece compartir las risas, la relajación y el cariño. Pero todo es un espejismo que enseguida se acaba: la madre (el espectador intuye que recelosa) le pide que vaya a por «la manzanilla del señor». La película está llena de silencios significativos como este, datos escamoteados por un astuto director que se las arregla para que las informaciones que calla conecten con un nivel profundo de la psiquis y azucen la imaginación del espectador, de modo que éste tenga que llenar aquellos blancos de la historia con experiencias y conjeturas de su propia cosecha. A pesar de que la persona en quien está inspirado el personaje de Cleo jamás lo viviera como un abuso (cosa que, como dice Cuarón, solo habla de su generosidad), el director mexicano ha tenido el mérito de sacar a la luz y de hacer universales comportamientos sociales injustos, suyos y de su familia, de los que luego se abochornó. Y es que, de alguna forma, todos hemos estado alguna vez sentados en el sillón del salón de esa familia de la colonia Roma, ese barrio burgués de ciudad de México.

Por Cristina Sánchez-Andrade Escritora y premio Sor Juana Inés de la Cruz de la FIL

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
5 votos
Comentarios

Heridas que compartimos