El colapso de la mayoría Frankenstein


No sé qué es más ridículo y esperpéntico, si ver a Sánchez enterándose de que la moción de censura fue una manipulación del independentismo, para poner al Estado en evidencia, y para demostrar que la política española va camino de la pura payasada; o si ver a Podemos y al PNV -¡extraños compañeros de cama!- intentando mantener vivo a un Gobierno cadavérico, fuente de todos los desórdenes, para poder enzoufarse en el caos, el medio natural en el que germinan sus respectivas utopías.

Lo que vimos ayer -un Gobierno tirado por sus valedores- es la prueba definitiva de que todas las lúgubres y tristes profecías que hicimos sobre la moción de censura se han quedado cortas, y que, más allá de haber embarcado al país en una aventura sin pies ni cabeza, lo que en realidad inventó Sánchez fue la ‘mayoría instantánea’, un trile independentista que sólo duró un segundo -mientras se cambiaba a un presidente que podía gobernar por otro que habla inglés-, pero que, desde el segundo siguiente ya empezó a hacer trizas a quien las votaciones de ayer convirtieron en el símbolo y paradigma de la decadencia y el desnorte político en el que todos los españoles nos hemos instalado.

Tras este recorrido, con su final certificado por la devolución de los Presupuestos, lo ocurrido en los últimos meses adquiere dimensiones dantescas, como si entre todos estuviésemos escribiendo una monumental antología del disparate político. Porque disparate fue, y ya no cabe decir otra cosa, el humillante sainete representado por el Consejo de Ministras y Ministros en Barcelona. Y el mágico afloramiento de los 21 puntos de Torra. Y el reality show del relator-mediador-palanganero definido y defendido por Carmen Calvo. Y la negociación de los Presupuestos realizada por un populista desnortado y sin rumbo en la prisión de Lledoners. Y los aludes conceptuales que viene padeciendo el PSC de Iceta -a la medida del independentismo- sobre el significado de términos como Estado, Constitución, referéndum, secesión, indultos, estatuto y autodeterminación. Y el impulso, por decreto, de unos desajustes presupuestarios que -sabiendo que no tenían el respaldo de Frankenstein- le van a transmitir ahora, con todos sus defectos, al nuevo Gobierno. Y el postureo de los aviones, los viajes culturales, los barcos de inmigrantes que ahora están varados, la supresión de las concertinas donde no hacen falta, y su mantenimiento y refuerzo en las zonas donde se producen los saltos a la valla. Y el insufrible rollo de la mayoría gobernante frente al extremismo universal de las derechas.

Todo fueron trapalladas, improvisaciones, y engoladas huidas hacia adelante, que ahora, cuando ya sabemos que es Puigdemont el que mece la cuna, llenan de toxicidad, confusión y vergüenza la política nacional, con enormes posibilidades de abocarnos al nuevo escenario de ingobernabilidad en el que ya vivimos instalados desde finales del 2015. Y todo porque la presidencia de Pedro Sánchez es el resultado de un timo.

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