Años bisiestos son los divisibles entre cuatro. No es fácil, por lo tanto, nacer un 29 de febrero: las probabilidades, dicen los matemáticos, son de una entre 1.461. Se trata, obviamente, de un fruto de la casualidad. Pedro Sánchez es uno de esos frutos. En realidad, la casualidad es su definición más notable: un socialista casual, un presidente casual, un líder casual.
Nació en Madrid un 29 de febrero de 1972 y desde entonces su vida ha sido aliada del azar. Y también de la necesidad. Ese es un bello título de un ensayo de Jacques Monod: El azar y la necesidad. Lo publicó dos años antes del nacimiento del presidente español. Compilaba conferencias dictadas en el Pomona College de Claremont, California. El título se corresponde con una sentencia de Demócrito: «Todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad». Cierto. Aunque yo me apuro a decir que «casi todo» es consecuencia de ambos sustantivos. Porque hay categorías capaces de escapar a tal axioma. La carencia de escrúpulos, por ejemplo. O el cinismo. Ni ella ni él se relacionan directamente con el azar o la necesidad. Si uno carece de escrúpulos, celebra con agrado que voten a su favor los representantes de Bildu y no censura, tampoco, que una de sus secretarias autonómicas se siente a la mesa de Arnaldo Otegi. Y si uno es hábil en el arte del cinismo, tantos y tantos, verá la paja en el ojo ajeno (que Vox apoye a un candidato del PP) y no verá la viga en el propio (que ese a quien Sánchez llamó Le Pen, Torra, se constituya en su socio). El azar y la necesidad.
Hemos llegado a un punto en el que todo vale. La política nunca ha volado más bajo. Y el PSOE tampoco, especialmente el PSdeG. Que se pongan a la tarea de defender estos presupuestos de la vergüenza es inadmisible. Y que el mismísimo delegado del Gobierno vaya de tour para publicitarlos es una tomadura de pelo. En mi tierra, una de las provincias más desfavorecidas con los presupuestos, dijo (sic) que Ourense era una «prioridad» para Sánchez. Y se quedó tan ancho. Eso es devoción. Y la devoción debiera ser cosa de devotos, no de políticos.
He escrito muchas veces que a Pedro Sánchez, más que a ningún otro político, solo le importa él mismo. Sus presupuestos del Estado para este 2019 no solo son irreales, como dicen los economistas más reputados, sino también una puñalada a la España justa e igualitaria que defendemos la mayoría de los ciudadanos.
La necesidad de los votos independentistas lo ha llevado a urdir este despropósito que nadie aplaude. En Galicia lo hace solo el PSdeG. Hasta En Marea, con buen criterio, ya ha pedido a sus cinco diputados que no los voten. Pura coherencia. Es que apoyar a este presidente casual que nació un 29 de febrero es un despropósito. Ningún gallego con sentido común puede hacerlo. Sánchez (y sus devotos) será un borrón en la historia. Pasará. Las probabilidades de que alguien lo recuerde son escasas: una entre 1.461, probablemente.