El pasaporte de Sánchez


No se engañen: lo que ayer entró en el Congreso no fue el proyecto de Presupuestos Generales del Estado. Lo que ayer entregó la ministra Montero a la presidenta de la cámara fue una solicitud de pasaporte para que Pedro Sánchez pueda viajar hasta el año 2020. Un salvoconducto para agotar la legislatura. Todo lo demás, el arsenal de medidas, cifras y previsiones contenidas en el pendrive, solo es pólvora para la galería. Munición para defender las trincheras irreductibles de unos y otros. Dice y dirá el Gobierno que el proyecto establece el mayor gasto social de la democracia, que apuntala el agrietado Estado del bienestar, que combate la pobreza infantil y que prioriza la dependencia, las pensiones y las becas. Dice y dirá la derecha que los ingresos están inflados, que la extraordinaria recaudación prevista constituye un brindis al sol mientras la economía pierde gas o que la inversión en Cataluña pretende comprar el voto de los separatistas. Y algo hay de cierto y también de falso en todos esos eslóganes, pero ¿a quién le importa discernir el grano de la paja si las posiciones ya estaban fijadas de antemano? Escriba lo que escriba el Gobierno en su detallada instancia, sea bueno, malo o regular para los españoles y su bolsillo, PP y Ciudadanos nunca le concederán el pasaporte a Pedro Sánchez. Al enemigo, ni agua. 

La concesión o no del visado la decidirán los independentistas catalanes. Al menos, ellos han tenido la decencia de advertir que los Presupuestos les importan un bledo. Esa -impuestos y gasto, revalorización de las pensiones o control del déficit, empleo en Cuenca o inversión en Barcelona- no es su guerra. Son cosas de españoles. Su cruzada persigue el derecho a decidir y, previamente, el rescate de los presos que pronto se sentarán en el banquillo. Y para eso, ¿de qué les sirve Pedro Sánchez? ¿Qué ayuda les prestó este «golpista» que, en la versión extrema de Pablo Casado, tiene un pie fuera de la Constitución?

La figura de Pedro Sánchez ha escindido en dos el soberanismo catalán. La primera de esas corrientes, la más pragmática, trata de evitar la caída del presidente mediante el apoyo a cuentagotas, en dosis mínimas para mantenerlo con vida. Sabe que tumbarlo ahora significa abrir las puertas a un Gobierno de la triple derecha, modelo andaluz. Y sustituir la contemporización por el 155, la mano dura y la suspensión de la autonomía. Y convertir a Casado, Rivera y Abascal en tres gestores sin piedad de la sentencia del procés.

 La segunda corriente, la más radical e irredenta, busca, por el contrario, la confrontación directa, el cuerpo a cuerpo contra el Estado. Sus estrategas prefieren enfrentarse a la división azul que, al grito de «¡Viva España!», marche a reconquistar Cataluña, antes que sufrir a Pedro Sánchez el Apaciguador, un estorbo que siembra cizaña y división en el soberanismo y aplaza con sus monsergas la batalla final.

Yo no sé si Sánchez obtendrá o no su pasaporte. Pero sí puedo afirmar que tal eventualidad no depende ya de él. Y tampoco de la bondad o pecados del Presupuesto. Aquí se juega a otra cosa.

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