El declive de la democracia española

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

Los españoles acabamos de celebrar el 40 aniversario de la Constitución de 1978. Un lapso de tiempo que constituye el período de mayor libertad, prosperidad y estabilidad de nuestra historia. Pero, como si alguien hubiera pulsado el botón de avance rápido, en los últimos cuatro años la situación en España ha cambiado más de lo que lo hizo en los 36 anteriores. Y no precisamente para bien. En muy poco tiempo, hemos pasado de ser un país en el que conservadores y socialdemócratas moderados se alternaban en el poder a medida que se agotaban sus respectivos proyectos, pero sin que nadie, ni siquiera los nacionalismos, pusieran en cuestión el marco constitucional, a esta España del 2019, en la que el eje del debate político lo establecen los populismos de ultraizquierda que abominan de la Constitución, el independentismo xenófobo y racista y la extrema derecha machista y reaccionaria. Para entender cómo hemos llegado aquí en solo cuatro años hay dos escenas cruciales.

En el 2014, al calor de la peor crisis económica de nuestra historia y de la indignación ciudadana contra su clase política, nació el populismo de Podemos. Prometía justicia social y prosperidad para los pobres. Su programa económico era demencial, como acabó reconociendo el propio Pablo Iglesias, pero solo cuatro meses después consiguió cinco escaños y el 7,98 % de los votos en las elecciones europeas. Y en el 2015 tenía ya un 20,68 % y 69 diputados en el Congreso. Pero poco después, de manera inexplicable, en lugar de seguir centrando su discurso populista en la injusticia social, situó su eje político en cuestionar el modelo territorial, lo que dio alas al independentismo radical, que por primera vez se sentía arropado por una fuerza de ámbito nacional. Y el PSOE de Sánchez, en un error catastrófico, y temeroso de ser superado por el empuje de Podemos, asumió buena parte de sus tesis, hasta quedar ambos presos del independentismo. La izquierda española está hoy más preocupada de cambiar el modelo de Estado y de hacer concesiones al secesionismo que de implantar un programa socialdemócrata. De ahí viene su grave declive.

En la segunda escena, y como reacción a la primera, ha eclosionado una fuerza de extrema derecha como Vox, que en muy poco tiempo, con la defensa a ultranza de la unidad de España y la firmeza contra el independentismo como bandera, ha conseguido 12 diputados y el 10,97 % de los votos en Andalucía. Pero, también inexplicablemente, Vox ha girado de inmediato, situando como prioridad no la soberanía nacional, sino la lucha contra la ley de violencia de género, como si esa posición la compartieran la mayoría de españoles. El PP de Casado, temeroso de verse superado por el nuevo adversario, está a punto de cometer el mismo error que el PSOE y de asumir las tesis retrógradas de Vox.

Y así, de error en error, hemos pasado de ser una democracia ejemplar y moderada a un país en el que los que fijan el marco de una lucha política a garrotazos son el populismo de ultraizquierda, el independentismo racista y la ultraderecha machista.