El año de Albert Rivera


S igma Dos acaba de realizar el primer sondeo electoral del año. Los resultados indican que la tendencia observada en las elecciones andaluzas se propaga con fuerza por el resto de España. La derecha -antes doble, ahora triple- avanza a grandes zancadas hacia la mayoría absoluta. De celebrarse hoy elecciones tendría, pese al descalabro del PP, entre 17 y 19 diputados más. La izquierda, pese al pírrico triunfo del PSOE, entre 12 y 18 diputados menos.

La partida se juega en la parte derecha del tablero. Y los protagonistas ya no son los partidos, sino los dos bloques, derecha e izquierda -con o sin apoyo de nacionalistas-, que aspiran a gobernar. Así son las cosas desde que el PP se troceó y abjuró de sus consabidas tesis: que debía gobernar la lista más votada, que la diferenciación entre derecha e izquierda pertenecía al pasado -Bloque Nacional, Frente Popular- y que un PSOE responsable debía respaldar a un PP vencedor en las urnas.

Así pues, arrinconados tales principios en el desván del olvido, se impone la vieja dialéctica derecha-izquierda. Y Sigma Dos nos dice, como dato principal, que la derecha va ganando. Y no la derecha de siempre, la capitaneada por Rajoy, la que se autotitulaba de centro-derecha, la que peleaba en zona fronteriza con el centro-izquierda del PSOE, sino la derecha radicalizada, la que se echó al monte para recuperar las esencias de la «España, una, grande y libre» de nuestros mayores, la que sigue la estela y el modelo inalcanzable de Vox, al que la encuesta le augura entre 43 y 45 escaños en el próximo Parlamento.

En segundo plano se dirime la hegemonía en cada uno de los bloques. En la derecha, el PP se está quedando en los huesos: pierde, según la encuesta, entre 60 y 64 escaños, casi la mitad de los que tiene. La estrategia de Pablo Casado lo aboca al suicidio. Se desangra por los dos costados. Su deriva hacia la extrema derecha no consigue cortar la hemorragia que alimenta a Vox. Y le cede a Ciudadanos el espacio de centro que ha abandonado. A este paso, el 2019 será, con permiso de Santiago Abascal, el año de Albert Rivera. Y no por méritos propios, sino por deméritos ajenos.

En la izquierda cunde el desánimo (y la desmovilización). El PSOE sigue empantanado: con el mismo porcentaje de votos que en el 2016, ganaría hoy las elecciones y obtendría entre ocho y doce diputados más. Unidos Podemos, rebajada la indignación que alimentaba el humus de la crisis, se desploma. La pesada losa de Cataluña lastra las expectativas de la izquierda, que nunca se movió con soltura en la confrontación interterritorial.

Una encuesta solo es una foto fija. Una instantánea que, en la volátil política de nuestros días, caduca de inmediato. Pero no acierto a ver, en el futuro inmediato, factores relevantes que modifiquen el paisaje descrito por el sondeo de Sigma Dos. Más bien al contrario: el juicio al independentismo catalán y los nubarrones económicos que asoman por el horizonte parecen indicar que se acentuará la tendencia observada en las elecciones andaluzas.

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