O percebeiro


Traje de neopreno, rodilleras y guantes: es el hombre anfibio. En las manos, a cavadoira, y a la cintura una red en la que van cayendo bolas como erizos. Detrás, el rugido del mar. Arriba, el cielo como la panza de un burro. Lo tiene claro: a estas alturas, ya no podría dedicarse a otra cosa. Mamó leche de agallas y escamas, y con trece años ya salía a faenar. Y no es de extrañar, porque tanto su padre como su madre trabajaban en lo mismo. De hecho, a su padre se lo llevó el mar y a otro amigo suyo también: su cuerpo fue encontrado en Bilbao. Toda una lección. Así que oído, vista y sentido común. La mar, como la mujer, es la que manda siempre. Además, es antojadiza y voluble y no se puede uno confiar jamás. Aun así, nuestro hombre no la mira con rencor. Ojo avizor, eso sí. Tiene sus trucos: aprovecha el descenso de la ola para cavar y huye cuando asciende la furiosa espuma. Tampoco olvida nunca los consejos que le dio su madre: no darle la espalda al mar; el dinero no lo es todo; hay que «ter cabeciña» y siempre ir acompañado.

La Navidad es la mejor época: a la gente le gusta ese bicho raro con uña y forma de pata de elefante. «Comes un percebe y comes un plato de mar», dicen por ahí. Recoge durante todo el año, a excepción de mayo y junio, pero los beneficios nunca son tan buenos como ahora. Y se los merece, porque de las cotizaciones vacilantes de estos meses en la lonja dependen sus ingresos anuales. Y es que, entre otras muchas cosas -anfibio, cavador, meteorólogo y rapelador-, nuestro hombre también es un broker. Cuando estas Navidades, en la mesa, se adelante usted a su cuñado y coja el mejor percebe (dicen que los más gruesos de culo rojo) acuérdese de él: un héroe de Wall Street.

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