¡Viva la Constitución!

Roberto Blanco Valdés
Roberto Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

Ejerciendo el derecho al voto en el referendo, en un colegio de A Coruña, a la luz de un cámping gas
Ejerciendo el derecho al voto en el referendo, en un colegio de A Coruña, a la luz de un cámping gas ALBERTO MARTI VILLARDEFRANCOS

06 dic 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Llama la atención con qué facilidad rotundas falsedades se cuelan en el mercado de las ideas como doctrinas respetables. Y también la capacidad de las minorías activas para intimidar con sus extravagancias a mayorías pasivas acomplejadas por no compartir las posiciones de los agitadores del radicalismo antisistema. El cambio sobre la visión de la Constitución acontecido en España en poco más de un lustro es un perfecto ejemplo de esas dos patologías. Hasta hace nada era muy amplio el acuerdo sobre las bondades de nuestra ley fundamental, el gran valor del sistema democrático construido tras su pleno desarrollo y los espectaculares avances experimentados por España gracias en gran medida al uno y a la otra. Ahora, por el contrario, nada hay más moderno que proclamar que la Constitución es una antigualla, la democracia española pura filfa y la realidad de nuestro país muy distinta a como la presentamos los defensores de la inmensa obra política, económica, social y cultural desarrollada en las cuatro últimas décadas gracias al esfuerzo colectivo de muchos millones de personas.

El discurso de la extrema izquierda y el nacionalismo pretendiendo en su propio beneficio destruir la evidencia de que la España posterior a 1978 es la mejor que jamás hemos disfrutado se ha generalizado de tal modo que incluso quienes intuyen que las cosas están lejos de responder a tal diagnóstico embustero y derrotista son a veces incapaces de encontrar argumentos con los que oponerse a quienes viven de andar contando por ahí la mala nueva de que el país entero ha estado durante décadas engañado por los llamados partidos de la casta.

Cualquiera que no sea un ignorante o un manipulador profesional sabe, sin embargo, que la imagen deformada del país que Podemos y los nacionalismos furibundamente antiespañoles han inventado para tratar de mejorar su espacio de competencia electoral no resiste el más mínimo contraste con la realidad que observan desde hace décadas no solo muchos millones de españoles sino también las docenas de millones de extranjeros que nos visitan cada año.

Sin negar graves problemas que están en la mente de todos (los del mercado laboral, la corrupción o la endogamia partidista) ni los muchos espacios que quedan aún para la mejora y el progreso, la España que se fue edificando tras la aprobación de la Constitución ha conseguido resolver gran parte de los desafíos que el país arrastraba desde hacía una o incluso dos centurias. Entre ellos, algunos a los que me he referido en un reciente libro con detalle (Luz tras las tinieblas. Vindicación de la España constitucional, Alianza, Madrid, 2018): la cuestión religiosa, resuelta tras el establecimiento de un Estado no confesional; el problema militar, desaparecido en un país donde el ejército está por primera vez desde 1812 bajo el mando de un poder ejecutivo responsable controlado por las Cortes; o el contencioso sobre la forma de gobierno, que ha dejado de existir al haberse asentado una monarquía parlamentaria privada de poderes, que están en manos de órganos emanados del voto popular.

Después de 1978, y gracias en gran medida a los aciertos de la Constitución, España ha vivido no solo su período democrático más extenso, a gran distancia del único anterior (el de la II República), sino incluso el más pacífico, pese a la barbarie etarra, el más estable y el de mayor calidad democrática, lo que ha contribuido a un salto hacia delante del país en todos los terrenos que no tiene posible parangón en nuestra historia. Tal estabilidad, muy maltrecha tras el cambio experimentado a partir del 2014 por nuestro sistema de partidos, ha contribuido en una medida decisiva a la impresionante mejora que España ha experimentado en un terreno decisivo: el de las libertades y derechos. Para constatar su excelente salud basta fijarse en el lugar que ocupa España en diversos ránkings internacionales: los que elaboran, por ejemplo, Freedom House, The Economist o el Institute for Economics and Peace. Por otro lado, en estas cuatro décadas hemos construido un denso Estado social, que ha sufrido sin duda con la crisis, pero que sigue siendo de los mejores del planeta.

El único gran problema histórico que queda por resolver es así, claro está, el territorial. Pero no porque la España constitucional no sentase las bases para su solución, mediante la construcción de un Estado que, situado entre los más descentralizados del planeta, es sin duda federal, sino por la provocación sin tregua de unos nacionalismos a los que la constante ampliación de la autonomía no calmó en su constante desafío al Estado sino todo lo contrario.

Más allá de cualquier legítima discrepancia o razonable propuesta de reforma de nuestra ley fundamental, es mucho lo que hay que celebrar en el 2018, cuando se cumple el 40 aniversario de la primera Constitución nacida en España de un gran acuerdo político y social. Por eso he querido encabezar este artículo con una ¡Viva la Constitución! Porque ese grito resume el éxito profundo de un país tan acostumbrado a sufrir constantes descalabros.