El original y la copia


Escucho a una amiga, que siempre consideré de derechas, criticar la tibieza de Mariano Rajoy ante el desafío independentista catalán. Y me escucho a mí, que siempre me consideré inclinado a la izquierda, añorar la mesura de Rajoy -al menos, en comparación con su sucesor en el PP- ante aquel conflicto. Paradojas que nos depara la vida. Pero en una cosa sí coincidimos ambos: Cataluña estuvo de cuerpo presente en las elecciones andaluzas, catapultó a Ciudadanos y abrió la puerta a la ultraderecha. ¿Qué hemos hecho mal?

El procès fracturó la sociedad catalana en dos mitades y cuando una sociedad se polariza, se imponen las posiciones más intransigentes y radicales. Quedan en fuera de juego las posturas conciliadoras, los intentos de mediación, las llamadas a la cordura y al sentidiño. Las últimas elecciones catalanas confirman esa evidencia. Ganó Ciudadanos, partido antinacionalista por vísceras y genética, y ganó Puigdemont, el irredentismo independentista. Y se desplomaron PP y PSOE por timoratos: el primero por insuficiencia nacionalista, el segundo por insuficiente mano dura. Suele ocurrir: cuando usted intenta aplacar las pasiones desatadas y se coloca en medio de la refriega, acaba llevándose todos los palos.

El conflicto catalán se propagó rápidamente al resto de España. El nacionalismo catalán se echó al monte y despertó el más rancio nacionalismo español. Al «Espanya ens roba» se combate, al grito de «¡A por ellos!», con la defensa de la «España, una, grande y libre» del discurso franquista. En los campos de Andalucía se libró la primera batalla entre los dos nacionalismos. De los cinco ejércitos en liza, dos se alzaron con la victoria y tres quedaron destrozados. Ciudadanos envió a Inés Arrimadas a recoger la segunda cosecha de su siembra catalana. Vox entró a galope en el ruedo político para erradicar los males de la patria, especialmente la velutina de la inmigración y el cáncer autonómico. El PSOE quedó atrapado en el laberinto catalán, del que no consigue salir con sus idas y venidas, y en su pacifismo en tiempos de guerra. Y el PP de Casado, más aznarista que rajoyano, se lanzó a degüello contra el PSOE y ambos salieron trasquilados: casi un tercio de sus votantes respectivos les volvieron la espalda. Como el bravucón que perece con su víctima: tú, por el golpe; yo, por la onda expansiva.

Una de las lecturas andaluzas es precisamente esa: la derechización del PP de Casado, aunque transitoriamente pueda darle una presidencia autonómica, conducirá a su partido a la irrelevancia. Puestos en la disyuntiva, los electores siempre prefieren el original a la copia. Que quieres aplicar un 155 duro en Cataluña para emular a Rivera: viene Vox y elimina las autonomías. Que pretendes volver a la ley del aborto de 1985: aparece Vox y suprime aborto y abortorios. Que prometes una drástica rebaja de impuestos: Vox reduce la presión fiscal al 20 % (lo que se traduce en pensiones, educación y sanidad al nivel de Colombia o Cabo Verde). Nunca pillas a la extrema derecha: simplemente te diluyes en ella.

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