La ética de Borrell es solo para otros


En política disponer de una inteligencia superior no solo no está reñido con la torpeza para desenvolverse en la vida o con la falta de ética, sino que en muchas ocasiones una cosa suele estar ligada a la otra. En el mundo de la ciencia existen multitud de casos, empezando por el de Albert Einstein, que demuestran que es posible tener una mente privilegiada y a la vez ser un patán en las tareas cotidianas y un dechado de contradicciones. En la política, probablemente no exista un ejemplo mejor para corroborar esta tesis que el del ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. Resulta difícil discutir su preparación y hasta su brillantez intelectual a la hora de exponer sus ideas. Pero es imposible negar que, en su caso, todas esas virtudes vienen acompañadas de unas elevadas dosis de prepotencia, de no pocas contradicciones y de muchas torpezas a lo largo de su ya extensa carrera.

Consciente de la mediocridad que le rodea en su partido desde los tiempos de Zapatero, Borrell lleva años tratando de convertirse en una especie de referente ético del socialismo español. Pero resulta que detrás de esa imagen de hombre probo a carta cabal habita un político que fustiga sin piedad los defectos ajenos, pero se muestra extraordinariamente indulgente con las faltas propias. A Borrell, la CNMV le ha impuesto una multa de 30.000 euros por utilizar información privilegiada y vender unas acciones de la empresa en la que era consejero a sabiendas de que al día siguiente entraría en concurso de acreedores. Un acto despreciable en cualquier persona, pero absolutamente demoledor para alguien que ejerce la política.

Resulta por ello incomprensible que, después de semejante escándalo, Borrell pretenda mantenerse un día más en el cargo. Pero lo que demuestra su prepotencia y el doble rasero que tanto él como el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, utilizan para situar el listón de la ética, es que ambos sabían antes de que Borrell asumiera la cartera de Exteriores que esto acabaría sucediendo. Es difícil de entender que el ministro se resista a salir del Gobierno, pero aún más incomprensible es que aceptara entrar en él. Es solo una más de las muchas contradicciones de un político capaz de proclamar que hay que «desinfectar» Cataluña de independentistas y pocos meses después entrar a formar parte de un Gobierno apoyado por los secesionistas y criticar a los jueces por mantener en prisión a quienes han perpetrado un golpe de Estado en Cataluña.

Como si quisiera dar la razón a sus críticos antes de su inevitable dimisión, Borrell, el látigo del racista Torra, remató el lunes su faena diciendo que EE. UU. «tienen mayor nivel de integración política» que la Unión Europea porque «nacieron a la independencia prácticamente sin historia, lo único que habían hecho era matar a cuatro indios». Borrell está ya políticamente amortizado y cuanto antes lo deje, mejor. Lo alarmante es que alguien políticamente tan torpe sea sin duda el mejor ministro de este Gobierno.

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