La revolución amarilla


Hay quien dice que cuando nadie protesta en Francia es porque algo gordo está pasando. Los vecinos del norte son el Silicon Valley de la manifestación, un hervidero de ideas e iniciativas. En los últimos días, las carreteras y autopistas galas han sufrido los cortes de los chalecos amarillos, un movimiento sin líder ni siglas que se levanta contra la subida de los carburantes y de la factura de la vida en general. Los medios franceses han cruzado los datos entre los resultados obtenidos en las últimas presidenciales y las manifestaciones. Determinados feudos de Marine Le Pen coinciden con los puntos calientes de las protestas. Los análisis vuelven a girar hacia la brecha entre las metrópolis y la periferia, la zanja creciente entre dos Francias que dibujó el geógrafo Christophe Guilluy en un ensayo antes de que las urnas plasmaran fronteras antes invisibles.

No solo es economía, aseguran los expertos. Es, de nuevo, la voz de los que sienten que no están en el guion. Los que nunca tendrá a mano ni el metro ni el yate ni el coche oficial. Los sindicatos asisten al fenómeno con desconfianza. La izquierda está descolocada. Jean-Luc Melenchon siempre lleva preparadas las botas para pescar en río revuelto y el contador en marcha. Le Pen y otros ultras intentan ordeñar esta nueva vaca. Cualquier cosa que se agite sirve como bandera para los populistas. Guilluy acaba de publicar el libro No Society. El fin de la clase media occidental. Sostiene que los partidos tradicionales franceses siguen creyendo en un mito: la clase media estable. Él, en cambio, cree que ese unicornio agoniza, y que en la montura cabalga el viejo sistema político.

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