Los nuevos bachilleres y bachilleras, permítanme la ironía, podrán obtener su título con una asignatura suspensa. En su afán de equipararlo todo, el Gobierno optará -de aprobarse su reforma- por igualar a la baja. Valdrá lo mismo el título de los alumnos esforzados que el de quien se dedique al dolce far niente durante el curso. La ministra ha dicho que es una medida óptima. Todos deben poseer las mismas oportunidades. Cierto. No seré yo quien contradiga tal principio. Pero ejerceré de Sansón Carrasco, el bachiller que pretendía devolver a Alonso Quijano a sus cabales. De nuevo, me temo, grito en el desierto. Porque en su afán disparatado el Gobierno hace daño a los más desfavorecidos. El nivel se ha bajado tanto, grosso modo, que un título de bachillerato o universitario español vale cada día un poco menos. Las licenciaturas, con universidades a las puertas de las casas, las obtienen ricos y pobres. Pero los másteres que pesan, los que se estudian en Alemania o Estados Unidos, solo son para ricos. Y los que aquí cuentan de verdad tienen precios prohibitivos para los pobres. En conclusión: en el intento de equiparar a unos y otros se ha favorecido a los opulentos, los que pueden pagarse másteres, y se ha hundido al resto. Por lo demás, no se puede valorar por igual al menesteroso que al diligente. Es insultante para los que se gastan los codos estudiando. Es humillante para los buenos alumnos, que son mayoría. Sin embargo, semeja que ni Sansón Carrasco haría entrar en razón a este Gobierno.