Hay algo. Una corriente oculta. Un leve rumor de agua. Gotea desde el primer fotograma. En realidad, no es nada. No hay nada tangible. Quizá un gesto que en el fondo es imperceptible. Un silencio un poco más largo de lo habitual que llama a esa necesidad de llenar el vacío. Una mirada perdida durante unos segundos. Pero hay algo. Incomoda. Te revuelves en la butaca mientras hay una fiesta en la casa. Por Dios, ha ganado el Nobel. Es una de las grandes voces de la historia de la literatura. Todo el mundo adora sus novelas. Cómo construye sus personajes. Sylvia Frie existe. Como existen las lágrimas que frota de su vestido. Hay algo incómodo. Ese riachuelo subterráneo de desazón que no deja de crecer. Poco a poco. Gota a gota. Hasta que se desborda. Joan Castleman deja de ser una mujer, una buena esposa, para convertirse en un tótem. En una historia que se ha repetido tantas veces a lo largo de la Historia. Joan Castleman no escribe. La prosa femenina incomoda. Joan Castleman es madre. Joan Castleman está ahí para acordarse de cuándo tiene que tomar las pastillas. Para sostenerle el abrigo mientras lo adulan. No es una persona. Es un perchero. Un florero. Una sombra. Joan Castleman es un apéndice de Joe Castleman. Una esposa. La buena esposa. La voz más importante de la historia. La que de repente se alza para gritar por todas las otras. Por todas nosotras.