Estos primeros días de noviembre me he ido con Tirso de Molina a recordar su don Juan. De ello le he hablado a mis pupilos. Fue Tirso quien situó al personaje en el centro de El burlador de Sevilla y Zorrilla quien lo recrea en su Don Juan Tenorio. Mucho ha dado de sí aquel granuja. Desde el Don Giovanni de Mozart a los donjuanes de Lord Byron o Moliére. Quizá ninguno más rico que el primero, el de Tirso. Tanto se ha frivolizado el personaje que hemos olvidado su razón primera: la condición humana. Un hombre enfrentado a las leyes, las creencias religiosas o las normas de conducta. Un ser fáustico. Hoy sería el payaso al que todos aporrean. Un don nadie; él, que fue don Juan, perecería por inanición. Ya ni lo representan el día primero de noviembre, como era tradición. Ni lo nombran. Yo, sí. Quizá porque soy un ser extraviado entre las ruinas de mi pasado.
Valga el exordio para centrarme en lo principal de esta columna. La excusa era que hablando de la tradición tras una clase me vi envuelto en una trifulca dialéctica en la que, sin duda, perdí. Decía yo que el Samaín o el Halloween me importan bien poco, o nada. Que me parecen un canto a la futilidad intelectual del tiempo presente. Casi me mastican, a dentelladas de palabras y razones. Soy un «carca», me dicen. Y no se equivocan. Un carca irreconciliable con la manía de ser (deber ser) progresistas y correctos a tiempo completo. Y no solo porque prefiera el Tenorio al Samaín, sino porque soy defensor del masculino genérico en lugar del «todos y todas». Porque llevo maletín en lugar de mochila. Porque creo que la izquierda peca de incoherencia. La nueva derecha, de levedad, y la vieja, de arenas y cospedales. Porque prefiero un bolero a la tal Rosalía, que malamente me mata con su canción. Porque me declaro católico y voy a misa y rezo. Porque escucho a Bach y no me dejé ir arrastrado por la ola mahleriana que los socialistas de Guerra inauguraron. Porque detesto la poesía de García Montero y la prosa de Almudena Grandes. Porque no veo la Sexta ni TVE y nunca supe en qué consistía la genialidad del Gran Wyoming o la audacia de Jordi Évole. Porque el independentismo catalán me parece un eufemismo que oculta la realidad: el sentido supremacista de una parte del pueblo catalán. Porque trato a la gente de usted. Porque no escribo novelas de narcotráfico ni de la guerra civil.
Comprenderá usted, que confesando estas intimidades el progresismo me desconsidere. Prometo que yo también quisiera ser un buen progresista. Me temo que es imposible.