El canto de un millón y pico de aves


Pocas cosas nos estremecen hoy. La sorpresa de una caricia, un beso, una sonrisa a tiempo. La voz infinita de Montserrat Caballé lo hace. Escúchenla en el desván de youtube y se sorprenderán de la belleza. Tienen muchas dosis para engancharse al prodigio. La grabación contra el mistral, ese viento violento, en Orange, en el 74, al que venció con su poderosa fuerza en Norma. O, cómo no, el maridaje perfecto con otro genio, Freddy Mercury, cantando juntos Barcelona.

Atrás quedan los pasos feos de una vida larga y fecunda. Los problemas con el fisco y la residencia en Andorra. La simbólica presencia en el último número de la lista de la operación Roca de Convergència al Congreso. El absurdo anuncio de la Lotería. La carrera, dirigida por su hermano con mano férrea.

Todo quedará anulado por la suspensión del tiempo que se da cuando se escucha a la Caballé, saltando por el repertorio sin miedo, de Bellini a Verdi o Strauss, o reivindicando María Stuarda. Una diva que hizo todo por la lírica. La familia, siempre cercana. El apoyo a su hija. Hasta fue generosa señalando el futuro: Ainhoa Arteta en España o Pretty Yende, ese soplo que llegó desde Sudáfrica.

Ahora que está de moda hablar de quién se puede sentar en una mesa a comer o no con Messi, si traducimos el fútbol a otros escenarios, hay que recordar cuál fue el primer gran éxito de la artista española más internacional. Fue cuando arrasó en el Carnegie Hall, en el 65, y el New York Times resumió aquella aparición con una fórmula para frotarse los ojos: «Callas + Tebaldi= Caballé» y así sentenciado quedó su sitio en cualquier mesa de divas.

Desde entonces todo fue subir y subir. Desplegaba el abanico de su rica voz y avanzaba de triunfo en triunfo. Si María Callas era la Divina, lo será siempre, y Joan Sutherland, la Stupenda, Montserrat pronto tuvo ese apodo que solo se les da a las que quedan en la Historia. El suyo, la Superba, en la acepción de asunto magnífico, no en la de creerse superior a los demás, aunque lo era en sus pianissimi que parecían delicadas pinceladas o en los fiatos inigualabes. Nunca se le acaba el aire. Y sabía frasear con un arte que solo se mira en el espejo de privilegiados cantantes con pócima de intérpretes como Frank Sinatra o Freddy Mercury. Y, en ese punto, no hablamos de dotes, es ángel, talento, capacidad de comunicar y derretir los segundos. En algunas voces increíbles de la Ópera anida algo que está un paso más allá de lo humano. En el pecho de Montserrat Caballé anidaba el color del canto de un millón y pico de aves.

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