Menos mal que nos queda...


Portugal conoce como pocos países las ventajas del cambio horario estacional, no en vano lo lleva aplicando desde 1916 (de los más antiguos en hacerlo, junto con EE. UU. y el Reino Unido). Sus políticos conocen también los riesgos de andar jugando con la cuestión horaria en sus dos modalidades: de 1967 a 1975 suprimieron el cambio estacional, y tuvieron que recuperarlo; de 1992 a 1996 movieron su huso, y eso fue una de las causas de la derrota de Cavaco Silva a manos de António Guterres (el actual jefe de la ONU). Por eso, muy sabiamente, el primer ministro António Costa le hace caso al criterio científico (el mismo que se había usado hasta ahora en la UE): las molestias que pueda haber los días del cambio quedan compensadas a medio plazo en los meses del verano con la ganancia de horas de sol, que permiten un mejor disfrute de la vida. Mantiene las reglas a las que el país está habituado.

Apliquémonos el cuento: la estabilidad de la regulación horaria es un bien en sí mismo; dejemos tranquilos el cambio estacional y nuestro huso. Los datos de Eurostat demuestran que los países de la UE han encontrado su equilibrio tras décadas de leyes horarias estables. El único huso correcto es aquel que la sociedad ha integrado en su mente colectiva.

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