La del conselleiro Román Rodríguez es, hasta el momento, la única voz que hemos escuchado alertando del desprestigio de la Universidad española como institución. Lo hizo en las páginas de este periódico, al tiempo que abordaba algunos de los problemas de la educación gallega, que son muchos. Pero la referencia al deterioro de la imagen de la Universidad contrasta con la ligereza con la que otros responsables educativos del país afrontan el problema.
La guerra de los másteres, tesis y doctorandos; la tarjeta black nuevamente; el reparto por cientos de títulos a otros países, la colocación de familiares y amigos y el compadreo permanente, no solo están afectando a la imagen y al crédito de la Rey Juan Carlos. Lo que está bajo sospecha es el funcionamiento de todas las universidades públicas españolas, sin que nadie haya hecho una defensa de ellas ni salieran en su ayuda. Pero claro, cuando tenemos al presidente del Gobierno y a quien aspira a serlo implicados hasta la cocorota en esas irregularidades y a todos sus legionarios en acciones de defensa, es casi imposible que alguien se haya parado a pensar en el daño que se le causa a la institución. Incluido el propio presidente de los rectores.
Las universidades españolas no son la Rey Juan Carlos. Este es un chiringuito montado por Aguirre y sus amistades para favorecer a otras amistades. Sin control alguno; ni en el gasto, ni en el funcionamiento. Las universidades de este país funcionan correctamente, algunas mejor que otras, pero todas se están viendo dañadas por la guerra para obtener beneficios electorales. Y ni sus responsables, ni profesorado, ni órganos de gobierno, ni consejerías, ni Gobierno, han dado un paso en su defensa.
El crédito de la Universidad española que es, o al menos era, una de las instituciones mejor valoradas del país, está siendo destrozado. Entre todos. Y con ello, poniendo en cuestión y dañando el futuro de nuestros jóvenes y, también, el del país. Y es que ya no les queda nada por romper.