Estaba convencido que era París. En mi imaginario concebía a la capital de Francia, como la ciudad mejor iluminada, y existía una leyenda que aseguraba que todas las primaveras era una apoteosis lumínica. Y supe que en Lyon, cada año entre el 6 y el 9 de diciembre, la ciudad es un festival iluminado y la noche quiebra al día y revienta en millones de bombillas para evitar la oscuridad de la noche otoñal. Pero mi sorpresa fue cuando me enteré que el trono europeo estaba amenazado por la nueva hegemonía de Vigo anunciada en la voz de su alcalde como alternativa lumínica a Nueva York o Tokio, lo que me hizo recordar a un viejo y muy querido camarero del Casino de mi pueblo que abanderado de un infantil chauvinismo establecía un paralelismo con Paris enunciando en cada conversación la igualdad entre Viveiro, Paris y Londres
Hipérbole a la que no se ha sustraído el primer edil municipal vigués para anunciar que había ordenado la instalación de las luces navideñas que este año adornarían 307 calles de la ciudad con nueve millones de lámparas led, 1.478 guirnaldas, mil arcos de iluminación, bolas de doce metros de diámetro, 325 árboles naturales y otros 28 artificiales y un ítem más de explosión de luces que iba a asombrar al mundo. Y puede que así sea en un año electoral alumbrado por las luminarias de Abel Caballero, un franco tirador populista que modifica la ruta estatuaria de su ciudad e implanta dinosaurios arbóreos en el mas rancio de los populismos estéticos que imaginarnos podemos. Cerca de un millón de euros es la inversión prevista para llenar la ciudad de luces. La empresa encargada es una corporación jienense que cada año alardea en Málaga con un no va más multidisciplinar que incluye iluminación , música y otras formulas del entertainer mas vanguardista, en el escaparate abierto y peatonal de la Calle Larios.
Caballero quiere ser el auténtico adalid navideño. Compite con Santa Claus; los renos que conducen a Papa Noel tienen parada y fonda en Vigo. Pero todo es un efímero decorado, un espejismo navideño que se monta y se desmonta para dejar visible cuando enero crezca, las miserias urbanas. Las Navidades de Caballero son una burbuja con fecha de caducidad, mientras los símbolos de Vigo, el sireno de mi querido amigo Leiro, y la cultura estatuaria internizada en la ciudad sufre una revisión populista sin sentido. Ningún árbol de luz podrá eclipsar el monolito coronado por un sireno en la puerta del sol, ni ningún despliegue de luz podrá competir nunca con un atardecer, con una puesta de sol con las islas Cíes de fondo, cuando la luz adquiere tonos doraros antes de acostarse en la mar. Sobran todos los ejércitos de bombillas led que caben en el paisaje.