Josep Borrell, ministro de Asuntos Exteriores, decía hace unos días en una entrevista publicada en estas páginas: «Hay que llamar a las cosas por su nombre: en Venezuela hay una crisis humanitaria». A principios del 2003 se criticó en esta columna el uso del adjetivo humanitario aplicado a sustantivos aparentemente incompatibles con él, como crisis o catástrofe. Porque humanitario tiene, según el diccionario de la Academia, tres acepciones difícilmente conciliables con aquellos nombres: ‘que mira o se refiere al bien del género humano’ (en el DLE desde 1869), ‘benigno, caritativo, benéfico’ (desde 1925) y ‘que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen’ (2001). Sin embargo, se ha generalizado el uso de humanitario con los sentidos de ‘humano’ y ‘que necesita ayuda humanitaria’.
En el 2015 volvimos sobre el asunto, pero esa vez para avanzar que «la próxima voz que se incorpore a ese proceso de perdón incondicional [de ciertas impropiedades léxicas] puede ser humanitario, que es ‘lo que se refiere al bien del género humano’ [...], pero que se está aplicando a sustantivos como catástrofe y crisis con el significado de ‘que necesita ayuda humanitaria’». Esa aceptación por la Academia puede estar cercana. De hecho, la Fundación del Español Urgente considera que la expresión crisis humanitaria es válida para aludir a las catástrofes de origen natural o humano que requieren la intervención de organizaciones humanitarias.
«Se trata -dice- de un uso asentado en el derecho internacional humanitario que se ha trasladado a la lengua general».
El servicio de consultas de la Academia, que decía hace cuatro años que «la crisis generalmente es humana ‘del hombre’, pero la catástrofe no puede ser humanitaria, no es ‘benigna o benéfica’», señaló el mes pasado que el uso de crisis humanitaria está asentado y es generalmente admitido con el sentido de ‘que implica la necesidad de ayuda humanitaria’ o algo similar.
El problema de dar por bueno un uso anteriormente repudiado es el momento adecuado para hacerlo, de pasar del esto está mal al esto está bien. A quien lo ha combatido le cuesta aceptarlo, pese a que no es la admisión de un error, sino la constatación de un cambio hecho por los hablantes.
Hay que asumirlo, como tantas veces con procesos similares. Aunque de ahí a que lo utilicen quienes lo vienen rechazando va un trecho.