¡El Rey no ha muerto! ¡Muera el rey!


¿Por qué esa tan repentina como radical inquina del secesionismo catalán contra el Rey Felipe VI? ¿Por qué los herederos de Pujol, cuyos mentores doblaban hasta la exageración el espinazo ante Juan Carlos, se han vuelto los más republicanos de una Europa donde el debate monarquía/república ha desaparecido al resultar irrelevante? ¿Por qué, en fin, han situado los rebeldes al monarca, privado en nuestra Constitución de cualquier poder político efectivo, como objetivo a batir en su política de odio contra España? 

La respuesta independentista a esas preguntas es tan mendaz como aquella con la que justifican el inicio de su enloquecida rebelión. Y así, si esta última sería según los insurrectos consecuencia de la sentencia del TCE sobre el Estatuto catalán (un mero pellizco de monja a un texto rupturista), la fiera enemiga de la Generalitat a la Jefatura del Estado habría nacido del discurso del Rey a la nación el 4 de octubre de 2017, en el que el monarca se limitó a cumplir con su inexcusable obligación al afirmar solemnemente que era «responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional» en Cataluña.

¡Dejémonos de cuentos! La rebelión secesionista, que no ha renunciado ni a uno solo de sus disparatados objetivos pese a la derrota estrepitosa que sufrió tras la estricta aplicación de la ley que rige en los Estados democráticos, ha colocado al Rey en la diana con la finalidad de reforzar el desprestigio de las instituciones estatales, objetivo que constituye una parte esencial del proceso de separatista en el que el nacionalismo se embarcó en cuanto se hizo con el poder de la Generalitat.

Con la valoración social del Rey Juan Carlos en mínimos históricos, atacarlo constituía para los rebeldes una pérdida de tiempo. Pero, producida la sucesión, la aceptación de la Corona que encarnaba Felipe VI subió como la espuma y tirar contra el Rey, símbolo de la unidad y permanencia del Estado según dispone la Constitución describiendo lo que ocurrió con Juan Carlos durante la mayor parte de su reinado y sucede hoy con su heredero, pasó a ser esencial en el proceso de ruptura de amarras de Cataluña con el resto del país.

La política de quienes perseguían una república catalana independiente pasó a ser entonces la que he tratado de resumir en el título que abre esta columna: «El Rey no ha muerto (políticamente). Muera (políticamente) el Rey».

Y es que el independentismo jamás da una puntada sin hilo: la persecución del castellano, la invención de una historia imaginaria, la manipulación de la enseñanza, la utilización sectaria de los símbolos. Todo ha servido a un proyecto de secesión largamente concebido.

Ahora le ha tocado a la Corona: y no por casualidad, sino porque desprestigiarla es asestar un tiro de gracia al proyecto de España solidaria contenido en la Constitución.

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