Alonso se va, queda la duda


Trebón. Arroiada. Chuvieira. Bategada. Treixada. Cuando diluvia, en Galicia sobran las palabras y las expresiones para comentarlo. Por eso tiene mérito que hace unos años aquí comenzara a escucharse debajo de los paraguas y frente a las ventanas salpicadas por la tormenta aquello de «hoy, lluvia extrema». A España la fórmula 1 en versión pop la trajo Fernando Alonso. Antes, los que madrugaban para salivar con el olor a neumático quemado eran unos cuantos gourmets, una especie de seres extraños para sus congéneres, tipos que conocían los mecanismos indescifrables de las carreras y se indignaban con un pobre ingeniero que, a ojos del resto de los mortales, simplemente veía los toros desde la barrera. El resto fue aprendiendo a rebufo de un Renault azul y amarillo que puede ganar el piloto que hace más paradas y que el blistering y el graining puede hundirte más en un gran premio que un drive-through. El asturiano abrió las puertas de un nuevo mundo que muchos ya no abandonarán, porque seguirán necesitando el zumbido del motor aunque sean los adversarios los que se queden al volante.

Posiblemente Alonso y Lewis Hamilton sean los dos pilotos con más talento que han pasado por el gran circo en los últimos tiempos, con permiso de otros campeones. Vagabundos nacidos para correr, que diría Bruce Springsteen, al margen de los números. Con sus travesías y sus desiertos demostraron que son capaces de ofrecer espectáculo incluso con coches mediocres, dejando claro que pueden ponerle sal a la pista en cualquier momento, bien sea por un adelantamiento al filo, por una frenada escalofriante o por una declaración destemplada. Con carácter de depredador que no es precisamente abono para el buen rollo y las sonrisas.

Alonso no fue el niño mimado de ninguna lujosa cantera del motor. En principio, no estaba llamado a la gloria. Más bien al contrario. Es uno de esos deportistas que de vez en cuando aparecen en España por generación espontánea, sin que haya detrás cimientos ni estructura. Una mezcla de empeño familiar, lucha personal y un don innato que alcanza la competición más elitista del mundo. Se va de la fórmula 1 con un gran palmarés, aunque sin las alforjas previstas. Tiene por delante la oportunidad de escribir otro tipo de historia, pero deja tras de sí una estela de interrogantes. ¿Qué hubiera pasado si el destino hubiera barajado de forma distinta en el espacio y el tiempo los pilotos y las escuderías, los difusores, los milagros de Adrian Newey y los compañeros de equipo? Imposible saberlo. Es fórmula ficción. Queda la duda de si Alonso jugó bien sus cartas o simplemente no tuvo suerte en el reparto.

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