Se llama Lola


Alta, guapa, atractiva. Lola es una de esas mujeres de medidas de 90-60-90, o casi. Tiene cincuenta y tantos -hay quien prefiere mantener el secreto de la edad, aunque no hay que poner en duda que ese sea su caso-, y recuerda como si fuera ayer cuando estudiaba Económicas en los barracones de A Coruña y después en Santiago, donde alguna noche recorrió el Franco.

Se casó y tuvo una niña, que copió su ejemplo. Sobre todo desde aquel día en que su marido -un hombre extremadamente activo, quizá de más- sufrió las consecuencias de una maldita placa de colesterol que le colapsó aquella arteria. Murió y resucitó -lo resucitaron-, después de un tiempo lo suficientemente largo para rasgarles a todos la vida.

Con el desgarrador suceso en las espaldas, Lola se enfundó con todas las armas que le otorga una inteligencia que intimida. Ella lleva con una sonrisa lo que pocas personas estarían dispuestas a hacer. Piensa, cuida, atiende y mantiene un gesto amable pese a la realidad. Es seca al explicar ciertas decisiones que no siempre gustan. [¡Ingenuos aquellos que pensaban que ella iba a dejar de hacer lo que tiene que hacer o que les iba a pedir permiso para hacerlo|] Lola ni pide permisos ni favores para vivir. Con él.

No siempre es fácil porque ella es también una de esas mujeres de cincuenta y tantos que forman parte de esa generación que cuida a unos padres con la esperanza de vida más larga de la historia de España. Se ocupó de su madre hasta el final, con un respeto infinito.

Lola es así, y con una conciencia clara de que la voluntad también se educa. No pide nada a nadie, y ya no padece por los que debieran hacer y no hacen. Alguna sorpresa se llevó hace años. Pero ya no.

Seguro que hay mucha Lolas en esta Galicia del matriarcado. Yo tengo a la mía, y no la cambio.

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