Ozono: China debe actuar


A principios de los años 70, James Lovelock (Premio Fonseca 2009) se dedicó a recorrer el mundo (pagando de su propio bolsillo) con un detector de gases que había inventado. Descubrió que un gas artificial llamado CFC, usado para refrigeración y espráis, se había esparcido por todo el planeta. En 1972 asistió a una de sus charlas un joven químico que, impactado por la noticia, se puso a trabajar en ella con un colega. Ambos anunciaron al mundo, con un famoso artículo publicado en 1974, que el CFC destruye el ozono de la atmósfera (por ese artículo llevarían el Nobel en 1995). El ozono es un gas que protege la Tierra de la radiación ultravioleta: sin esa capa de ozono no existiría la vida que conocemos. 

En 1985 se descubrió que esa capa tenía un gigantesco agujero sobre la Antártida. La imagen del agujero publicada por la NASA disparó el pánico y, en 1987, los gobiernos del mundo pusieron coto al CFC. Eso salvó la Tierra. Pero resulta que unos científicos acaban de descubrir que en China un sector de la industria química está emitiendo CFC a la atmósfera de modo incontrolado: 13.000 toneladas al año. El ataque a la Tierra es de tal magnitud que se ha detenido la caída global de CFC y la recuperación de la capa de ozono se retrasará una década como mínimo: un atentado salvaje contra nuestro planeta. Asombrosamente, este escándalo apenas ha tenido eco en los medios de comunicación. Tampoco parece que haya reacción política, ni en las grandes potencias ni en la ONU, que deberían apremiar a China de modo contundente.

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