En La isla del tesoro, un pirata alojado en la fonda de la familia de Jim Hawkins recibe una buena noche la mota negra, una mancha de tinta sobre un papel blanco; en el lenguaje de los piratas una amenaza de muerte. Por la mota negra se anduvieron peleando en Madrid el joven de derechas y la actriz dramática, Viriato y Desdémona. Se jugaban en la contienda gobernar el barco del partido popular, que se hunde. Y desde la orilla los contemplaba bajo una palmera Núñez Feijoo, que renuncia a ser candidato de los perdedores y se reserva para cuando las cosas vayan mejor. Yo no creo que el Kennedy gallego tenga una especial vocación de sacrificio, todo lo contrario; yo creo que quiere ser presidente del Gobierno. Por eso se abanica con una sorna que nunca sabes bien si se ríe contigo o se ríe de ti. Núñez Feijoo a veces parece Hamlet, que también era príncipe, también dudaba y también se reía de los otros mientras deshojaba la calavera.
No sé si a los niños de ahora les gustan los piratas, los de Stevenson y de Conan Doyle, los de las películas baratas (de hacer y de ver, porque la entrada costaba seis pesetas) del cine Equitativa: La mujer pirata, El hijo del capitán Blood. A los de mi generación nos encantaban. Yo sigo leyendo por enésima vez La isla del tesoro, y sigo fascinado con la figura coja del viejo Long John Silver. Y no termino de saber si Feijoo es el niño Jim o el pirata John.
Pero mientras tanto, parafraseando a Fellini y Azúa, la nave va, aunque la nave sea el Titanic.