Y al final eligió Monte Pío


cayó el último pétalo de la margarita y Alberto Núñez Feijoo se decantó por Galicia. Era Alberto el Deseado y, como aquel Fernando VII que gozaba de la cómoda reclusión que le proporcionó Napoleón, se dejaba querer mientras cavilaba en su jaula de oro gallega. Tardó en decidirse, lo que demuestra dos cosas: su destreza en el manejo de los tiempos, que nada envidia a la exhibida por Mariano Rajoy, y el chaparrón de dudas que lo asaltaban al consultar por las noches con la almohada.

Al final, en un breve discurso con solemne puesta en escena, renunció a liderar el PP y expresó su propósito de agotar la legislatura como presidente de la Xunta de Galicia. Utilizó dos argumentos para justificar su decisión. El compromiso contraído con Galicia y la coherencia que otros no tienen, en velado reproche a los líderes del PSOE y de Ciudadanos. «No puedo fallar a los gallegos porque sería fallarme a mí mismo», dijo. La presidencia autonómica colma sus ambiciones políticas.

En síntesis, Núñez Feijoo dio un portazo en las narices del PP y aprovechó el acto político para engrandecer su imagen. Especialmente en Galicia, pero también más allá de Pedrafita, que por algo pronunció su discurso en correcto castellano.

Otra cosa es la sinceridad, pero a este respecto solo podemos hacer cábalas. ¿Se queda Feijoo para no defraudar a los gallegos o porque se vio incapaz de reconducir la deriva de un PP noqueado y con síntomas de descomposición? Si fue por lo primero, cuesta entender el largo período de reflexión que se concedió, que además en nada benefició a su partido. Aunque sea a título de conjetura, me inclino por lo segundo. Jaime Miquel, ocasionalmente vecino de página, lo decía ayer en forma de sentencia: «El PP es una marca muerta y Núñez Feijoo, un hombre inteligente». En consecuencia, concluía el perspicaz analista, «no se meterá en ese fregado». Acertó Jaime Miquel y nos equivocamos muchos comentaristas que nos apresuramos a colocar a Feijoo en la calle Génova e incluso ya teníamos titular previsto para la columna de hoy: «Feijoo se va a la guerra».

La decisión supone un duro varapalo para el PP. Cuando se dispone a iniciar su reconstrucción tras la pérdida del poder, no podrá contar con su activo más valioso en el puente de mando. El dirigente que, sin duda, concitaba mayores adhesiones. Ninguno de los candidatos que estos días asoman a los periódicos parecen los idóneos para superar con éxito las arduas etapas del viacrucis que le espera al próximo presidente del PP. Cuatro desafíos colosales le aguardan. El primero, alejarse de la ciénaga en que se ha hundido el partido y cambiar las caras embadurnadas de pasado o picadas por la viruela de la corrupción. El segundo, evitar la guerra civil que suele producirse cuando se cuartea la argamasa que da el poder. Después, redefinir el espacio ideológico y político de la formación, parcialmente ocupado por Ciudadanos. Y, como guinda, ganar las elecciones. Y todo, en cuestión de meses. Y con Núñez Feijoo de espectador influyente, pero a distancia.

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Y al final eligió Monte Pío