Las coordenadas de los Kennedy


Escritor y periodista

Los Kennedy llegaron a Estados Unidos desde Irlanda, empujados por el hambre. Llevaban un saco de patatas por si las moscas, y una gran fe católica, apostólica y romana. Desembarcaron en Boston y allí se quedaron para siempre. Como eran católicos y pobres, y la sociedad bostoniana presumía de aristocrática y puritana, no fue fácil la convivencia. Les miraban por encima del hombro. Los Kennedy todo lo fueron soportando; pero a lo largo de la tenaz resistencia, se hicieron millonarios, dominaron Massachusetts y sentaron a un miembro de la estirpe en el mismo sillón presidencial en el que se sentaran Washington y Lincoln. Tras esta plenitud, los muertos trágicos del destino convirtieron a los Kennedy en una de esas familias de la dramática griega acosadas por los dioses y la fatalidad. Viendo ahora en perspectiva la peripecia vital de los miembros del clan, se descubre que ningún lema heráldico más preciso para ilustrar el linaje que el que timbraba el escudo de los Marlborough: «Fiel, pero desdichado». Y ahora que Edward Kennedy acaba de ser asesinado por los votos de las convenciones para la Presidencia de los Estados Unidos, el lema adquiere de nuevo punzante dramatismo.

Tedd, llevando en lo alto el mito de los Kennedy, arrastrando la memoria de la joven rubia, ahogada entre flores como Ofelia, bajo el puente de Chappaquiddick, escoltado por Joan, su esposa, rubia, bella, débil y alcohólica, vigilado y dirigido por Rose, su madre, la mujer fuerte de la Biblia, tenaz, indomable y temerosa de Dios, convencido de que tarde o temprano subirá con Abraham a lo alto del Moriá, Tedd, digo, acaba de cumplir su historia de César Borgia bostoniano: O césar o nada. Y ahí están los puñales: miles de votos que celebran el triunfo de Jimmy Cárter y Edward que se queda en silencio mientras por el fondo se escucha el coro griego. Al clan Kennedy parece que ahora sólo le quedan los suspiros: «Fiel, pero desdichado», y la melancolía de héroes desterrados. Lo que traducido a ecuación dentro de la trepidante historia actual se reduce a esto: nada.

Edward parecía catapultado a las cumbres. Nadie con carisma semejante, ni con mejores ni con tantas briscas. Además, por el subsuelo que es donde fecundan las semillas, todo lo planeaba Rose desde el Boston umbilical y residencial. Rose Kennedy, 80 años, enjuta y fanática, autoritaria y bíblica, dirigió con mano de hierro la saga de los Kennedy, y no se cansaba de decir a la estirpe: «El principio de la sabiduría es el temor de Dios». Edward era ahora el último varón. Tenía la tez bronceada, el torso poderoso, el cuello corto pero la voz potente y retórica, casi teatral, el gesto amplio, munífico, la boca llena de dientes grandes y blancos, abogado, especialista en ciencias políticas, senador... ¿Qué más hacía falta para presidir la Casa Blanca de Washington?

Mientras, míster Cárter, con los ojillos casi cosidos, blanquirrubio, la voz pausada por las responsabilidades, las carnes blandas y envejecidas, comía cacahuetes como en la fábula de los altramuces del Conde Lucanor, y se preguntaba «¿Quién más mísero que yo...?» Su agobio, su casi desesperanza era, no únicamente el número de parados, las devaluaciones del dólar, los problemas de la energía, sino el peso de la púrpura, la conciencia de estar cercado de enemigos donde hasta Jomeini, payaso con el Corán en la mano, se atrevía entre carcajadas al insulto y la chulería. Míster Cárter seguía comiendo cacahuetes de las tierras sureñas hundido en las pesadumbres, mas cuando la cabeza voló, ¡oh, prodigio!, vio que Edward Kennedy estaba comiendo las mondas que él arrojaba. ¿Dónde está ahora, dónde, consumada la derrota, muerto Tedd bajo los votos contrarios, sin compromisarios para la elección presidencial; dónde ahora el New Deal que los Kennedy transformaran en la Nueva Frontera; dónde la esperanza de resucitar aquel Washington liberal, intelectual de los sesenta que la estirpe ya tenía en cartera a mayor gloria de Estados Unidos?

Talleyrand, el político más insumergible de la historia, es decir, el más raposo, solía decir como producto de sus experiencias políticas: «En los momentos difíciles echad por delante a las mujeres». Pero ya todas han cruzado por la historia de Tedd Kennedy, a saber: Jackie, la viuda consolable; Ethel, la viuda inconsolable; Joan, la esposa dipsómana; Rose, un versículo del Señor; Mary Jo Kepenich, la fatalidad... Ahora únicamente queda el mito roto, el gran cadáver de la estirpe envuelto en su lema heráldico y bostoniano: «Fiel, pero desdichado». ¿Volverá a pasar la historia por las coordenadas de los Kennedy?

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