La palabra es normalización


Todos los Gobiernos necesitan una palabra que los identifique. Hay algunos casos clarísimos. Adolfo Suárez la tuvo y fue la reforma. Felipe González la utilizó como reclamo electoral: cambio. Mariano Rajoy se envolvió en el concepto recuperación. Y Pedro Sánchez estrenó ayer otra por boca de su ministra portavoz: normalización. No es que sea muy ambiciosa para un socialista, pero fue la más usada por la señora Celaá. Se nota que es un vocablo salido de un laboratorio de comunicación o de la desbordante imaginación de Iván Redondo. A este cronista, personalmente, le recuerda aquello de Suárez cuando defendió el derecho de asociación política en el discurso que lo catapultó a la presidencia del Gobierno: «Hacer normal en la ley lo que es normal en la calle».

Lo bueno que tiene en este tiempo la propuesta de normalización política es que se puede aplicar a todo. Se puede aplicar, como hizo la ministra, a la situación de Cataluña, que es todo, menos normal. Se puede aplicar a las relaciones laborales, y normalizarlas sería recuperar la negociación colectiva. Se puede aplicar al diálogo que tanto promete este Gobierno, para normalizarlo como hábito político. Y se puede aplicar a toda la situación española, que está necesitada de alguna normalización en el ámbito institucional, para que las instituciones no se tambaleen por una moción de censura al Gobierno; en el autonómico, para que no haya 17 regulaciones distintas de impuestos, de comercio o de simples permisos de caza y pesca; en casi todos los aspectos de nuestra vida.

Lo malo para Sánchez es que la normalización no depende de su buena voluntad ni de la buena voluntad de su Gobierno. Soñar con unas relaciones normales con Cataluña, por ejemplo, es una utopía si Quim Torra sigue insistiendo en que el diálogo no derrotará a su proyecto de independencia. Y la gran duda es si este país tiene realmente voluntad de normalización. No es solo Cataluña. Es que en las Islas Baleares se practica la antinormalización al imponer el idioma catalán al idioma castellano. Es que en Navarra se está produciendo un fenómeno de anexión a Euskadi, que suena a prólogo de construcción de Euskal Herria. Y es que, en general, se percibe un clima de renacimiento de la crispación que es enemiga de la normalización política por la que suspira el poder.

Mucho me temo que el ansia de normalización sea el sucesor del «talante» de Zapatero y del equivalente el buenismo. Pero no será este cronista quien se oponga al sueño de Pedro Sánchez. Al contrario: lo aliento. Normalizar el país quizá sea la revolución que falta. Y me conformaría con que triunfase en solo dos ámbitos: en la aceptación de la Constitución y en el problema territorial.

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