El vértigo que precede a la tormenta


Los caprichos de la historia han hecho coincidir el mismo día las tomas de posesión del presidente del Gobierno español y del nuevo Ejecutivo catalán. A quien le guste buscar significados ocultos tras las decisiones del azar, quizás haga una lectura en términos de ruptura y cambio de ciclo. Ojalá así fuera, pero la realidad suele ser tozuda y escasamente condescendiente con los deseos de la gente. En unos días de vértigo, el mapa político se ha transformado como si hubieran pasado años. Pero en la política española hay realidades casi tan resistentes como los tardígrados. Y mientras Pedro Sánchez limpiaba su toma de posesión de todo tipo de símbolos, en Cataluña, Quim Torra los volvía a poner por delante y convertía la puesta en marcha de su Gobierno en un acto de exaltación independentista. Un paso adelante en un desafío que no cesa.

Cambian las personas, pero todo lo demás sigue igual. Por si Pedro Sánchez se sintiera tentado de dejarse llevar por la ensoñación de que el apoyo recibido por los independentistas catalanes era fruto de una repentina epifanía con la que se habrían convertido a la legalidad. Nada de eso. Torra se lo recordó con una gigantesca pancarta en el balcón del palacio presidencial de Cataluña. Sánchez ha prometido diálogo, y es bueno que así sea. Porque, al margen de la acción judicial -que tiene su propio camino, como corresponde en democracia-, Cataluña representa un problema político que debe tener también una respuesta política. Pero nada indica, de momento, que Sánchez vaya a encontrarse con algo diferente al rosario de provocaciones que Artur Mas y Carles Puigdemont regalaron a Rajoy. Al contrario, parece mucho más probable que Torra eleve la apuesta y sitúe a Sánchez en la tesitura de escoger entre su promesa de consenso y la exigencia en la defensa de la legalidad.

Porque el diálogo es cosa de dos, y cuando uno no quiere es imposible. Le pasó a Rajoy y le pasará a Sánchez. En Cataluña, por supuesto, pero también en Madrid. La oposición huele sangre en la debilidad del nuevo Gobierno y no tardará ni un segundo en saltarle a la yugular. El PP patentó en su día un tipo de oposición carroñera que años después ha acabado pasándole una carísima factura a Rajoy, porque el sorprendente triunfo de la moción de censura no se explica sin la soledad de un partido que en su día quemó todos los puentes con el resto de las formaciones. Y ahora, liberado de las ataduras del poder, entrará en una encarnizada competición con Ciudadanos por ver quién hace más daño al Gobierno socialista. El «judas» Sánchez «enemigo del Estado» y «desleal con la Constitución» que le han dedicado los de Rajoy y de Rivera es solo el aperitivo. Y el abrazo del oso de Iglesias tampoco le augura nada bueno al presidente. Los días de vértigo que lo han llevado a la Moncloa son solo la antesala de la tormenta que se avecina. Así que será la capacidad de resistencia de Sánchez la que mida la duración de la legislatura.

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