La choza


Uno pensaba, en su infinita ingenuidad, que la izquierda alternativa se manejaba con otro discurso. En la política y en la vida. Que el compromiso trascendía del cuero repujado del escaño hasta alcanzar lo más íntimo de sus escenarios vitales. Uno imaginaba también que el ideario de la nueva clase política se urdía entre camaradas en pequeñas salas de estar. En los nuevos koljós de protección oficial, citando a Lenin y a Marx rodeados de una densa humareda de tabaco negro, con prendas del Alcampo esparcidas por los sofás y una cafetera italiana humeante en una de esas cocinas decoradas con azulejos almodovarianos. En reuniones tensas, de digestión compleja, salpicadas de sesudas reflexiones y discusiones llamadas a alumbrar la España del futuro.

Pero va a resultar que me equivocaba. Que lo viejo no son solo la corrupción y el nepotismo. También lo son esos modestos pisos de 70.000 euros travestidos de hubs del bien común. Lo nuevo entre la izquierda alternativa, lo moderno y comprometido, es disponer de un ágora de 2.000 metros cuadrados, con vistas a la sierra y casa de invitados. Todo coherencia, al fin y al cabo. ¡Que esto es España, coño! Tierra de fiestas y excesos.

Visualizo ya las futuras cumbres para pergeñar el programa electoral. Con Monedero a los mandos de la barbacoa, trasegando vuelta y vuelta los bifés de Angus y proponiendo una política agresiva de vivienda pública. Y a Errejón y Montero chapuzando en la piscina y reclamando ayudas para I+D. Todo, mientras Iglesias se acurruca en la tumbona con un habano y un sombrero de paja. Esbozando la sonrisa de los vencedores.

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