El timo del amor

OPINIÓN

Capotillo

19 may 2018 . Actualizado a las 08:34 h.

En casa aprendimos enseguida que en el timo de la estampita el mastuerzo que caía en la engañifa no era del todo inocente. A los millennials que se hayan despistado por aquí les explico: un tonto pasea por la calle regalando estampitas que extrae de un sobre. Las cartulinas son en realidad billetes que el tonto desprecia porque no los reconoce. Un gancho convence a un ciudadano para que le ofrezca al tonto un dinero por el tesoro, en teoría mucho menos que la fortuna que el ceporro desdeña. El tonto y el gancho se evaporan y en el sobre, efectivamente, solo había estampitas. El timo se tuvo durante años como una metáfora penosa del carácter español, una adaptación de la esencia del Lazarillo a los mugrientos años cuarenta. El engaño se perpetraba gracias a la endeble moral de ese ciudadano de referencia que en realidad somos todos y que obvia las limitaciones mentales del tonto para aprovecharse de él. Una flojísima complexión ética que muchos observan todavía en los andamiajes de una sociedad en la que el que no se lo lleva es porque no puede. Eso sostienen muchos.

El caso es que algún despistado aire luterano debía circular por casa porque enseguida aprendimos a desconfiar de aquellas fortunas que se te aparecían en sobres. En general, conviene recelar de quien te ofrece sobres llenos de billetes, incluidos los remitidos por Bárcenas Sé Fuerte. Las cosas, I’m sorry, hay que currárselas, a no ser que paaapááá cotice al alza en el Ibex y la cosa te dé para que vivas de influencer con retiros puntuales en la Riviera (francesa, no Sacra). La cuestión es que esa desconfianza existencial por el colegueo súbito y esa aversión a que a la primera te suelten un «cari» aunque no te hayan visto en la vida surfea mal por las redes, en donde cotiza una presunción de veracidad y cuchipanda que muchas veces, así lo digo, nos deja perplejas. Es un mundo de crédulos y yoyomimis en el que es muy fácil caer en las redes de quien te regala la vista con cuatro emoticonos y un vídeo de gatitos. Es así como han proliferado los timadores del amor, golfos que detectan almas de baja estima para vaciarles la cuenta y el corazón a martillazos de piropos y lazos rosas. Las crónicas retratan a crédulas que entregan miles de euros a estafadores sentimentales que juegan con la delicada esencia del sentirse queridas.

Le ponemos título y banquillo a esos estafadores pero la pregunta brota fácil: ¿cuánto de estafa ha habido en los contratos amorosos que se les han dado a firmar a generaciones de mujeres? ¿Qué ha escondido la letra pequeña del amor romántico?

Hace unas semanas en una panadería de barrio dos setentonas resueltas, de esas que han llegado al punto perfecto de sabiduría y relatividad, conversaban:

-Su pan, señora.

-Pues mira, yo no necesité a ningún hombre para ser señora. En realidad nunca fui señora de ningún hombre.

-Yo tampoco. En realidad fui su criada.

Cuántos timadores del amor han peinado el mundo. Símbolo de esa generación de mujeres al servicio de se erige estos días Jane Fonda. A sus despampanantes 80 años acaba de reconocer que solo a partir de los 60 fue lo que quería ser. Antes, una hermosa extensión de los hombres que pasaron por su vida, a cuyas causas se entregó olvidándose de que tenía una propia.