El mago (un cuento para la primavera)


Aquí lo tenía todo pero no había nada, así que, como tantos otros vecinos, tuve que emigrar. Mi destino fue Nueva York y cambié la panadería de una aldea mariñana por una oficina de cambio en la cuarta avenida.

De pequeño ya me entretenía haciendo muñecos con pasta de pan como si fuera plastilina y aprendí algunos trucos de magia con migas de borona. Nueva York es muy distinto a mi tierra, pero éramos y somos el suficiente número de gallegos como para formar una tribu numerosa a la que nunca le falta un buen pulpo, unas filloas y cantar un «ailelelo».

Una pequeña cuadrilla de aborígenes solíamos quedar un viernes al mes en un local de Tribeca. Tino Pereira, que andaba de taxista con Ana Kiro de música de fondo (éramos de la misma aldea), un día me dijo: «Te voy a llevar al Madison Square Garden a ver un mago americano que es acojonante, de esos que te gustan a ti».

Aún desde el gallinero el espectáculo fue magnífico y no me faltaron arrestos para bajar a camerinos y solicitar felicitar al mago en persona. Después de una larga esgrima dialéctica en inglés lucense conseguí entrar en el sancta sanctorum del artista.

Emergió de detrás de un biombo como Groucho Marx, echado hacia delante, con la mano tendida y saludando en inglés. Al verlo me quedé pasmado: era idéntico a mí.

-How are you?, I am Manolo Agrelo.

-Spanish?, preguntó

-Yes, from the North of Spain, de Lugo.

-Encantado -respondió-, yo soy Manolo Agrelo, de Xerdiz, una aldea Lugo.

-¿Pero usted no es americano?

-¡Que va!, soy de cerca de Viveiro, pero llevo aquí más de veinte años. Ahora soy Mister Delusion, de Ohio, no me va nada mal.

-Pero entonces tenemos que ser parientes, yo soy de casa Zocas.

-¡Yo también!, contestó.

-Pero ti estas tolo ou qué?, lle dixen.

-O tolo es tí que non me recoñeces.

Sacó una bolsa con migas de pan de borona y se puso a hacer mis viejos trucos con ella; luego se sentó y me contó su vida, que resultó ser la mía. Le escuché y no supe que decir.

Al principio pensé que se trataba de un truco de magia alucinante, luego me quedé en blanco. Le di la mano y salí noqueado del Madison. Tino me estaba esperando con una sonrisa cómplice y me espetó: «¿Qué, cojonudo no?, lástima que sea de Ohio. Ti ben poderías ser un gran mago, Sempre che gustou».

Al llegar a casa me senté en la cama y empecé a manosear el pan de una hamburguesa, se me ocurrieron mil trucos nuevos y descubrí dónde estaba Ohio.

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