Querido ministro


Querido político, ministro, diputado, conselleiro, concejal... diríjase a mí. Porque a mí usted me cuesta mucho dinero todos los meses y por lo tanto es a mí a quien tiene que dar explicaciones. Es usted mi empleado, no lo olvide. Un empleado que además gana mucho más que yo. No diga a otros lo que yo pienso, porque no lo sabe; no sea paternalista conmigo. Trate con respeto a los otros empleados. No aplauda a sus compañeros, como si estuviese en la verbena, y mucho menos a su jefe, claro: no sea pelota. No haga frasecitas, no diga gracietas ni maldades. Sea conciso, pero cuéntenos la verdad. Háblenos de soluciones. Ayúdenos en nuestras vidas, en nuestros negocios y trabajos, en la educación de nuestros hijos... y no nos dé nunca lecciones de moral. Usted gana dinero y vive bien. No lo oculte, pero que su sueldo sea merecido. No se lo suba cada dos por tres. Y no robe. No piense, como Sancho Panza, que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado. Y no me tome usted a mal lo que digo, porque -en palabras de don Quijote- lo que quiero es llevarlo «a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte, que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones». Y como si deja de intrigar le sobrará mucho tiempo, lea usted mismo lo que yo le cuento que dijo el loco. En el capítulo cuarenta y dos de la segunda parte. De nada.

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